Con Israel no se juega

El problema nace con una resolución de las Naciones Unidas que dividió el entonces protectorado británico en un estado judío y otro palestino. Israel aceptó sus fronteras pero los palestinos y los países árabes del entorno tomaron de inmediato las armas para evitar la partición y aniquilar a sus contrarios. No lo consiguieron. Los soldados israelíes vencieron en esa guerra y en las posteriores, siempre en solitario. Luego vinieron la devolución de algunos territorios conquistados y la paz o el cese de hostilidades con Jordania y Egipto. Y así se llega a la situación actual. Tel-Aviv –o Jerusalén, en un cambio de capitalidad no reconocido internacionalmente- se ha negado hasta ahora a retirarse hasta las fronteras de 1967, desobedeciendo la repetida petición de unas Naciones Unidas incapaces de actuar contra el veto de Estados Unidos.

Tras la tragedia del Holocausto, sin que los aliados o los rusos hicieran mucho por evitarlo, y a la vista de su experiencia de estos últimos años, Israel considera -y probablemente con toda razón- que su seguridad y su propia existencia solo dependen de ellos mismos. Seguramente sus reacciones hayan sido desproporcionadas cuando atacaron las instalaciones nucleares de Irán, cuando para evitar infiltraciones de terroristas desde Cisjordania construyeron un muro fronterizo, más en territorio ajeno que en el propio, cuando invadieron el sur del Líbado y, sobre todo, cuando causaron miles de muertos en el último ataque a la franja de Gaza. Tampoco hay razón alguna para trocear, como lo están haciendo, los territorios ocupados, salpicándolo de colonias que dificultan, si no impiden, la creación de un estado palestino medianamente viable. Yo mismo he denunciado un comportamiento próximo al genocidio.

Pero así están las cosas. La franja de Gaza se encuentra en manos de Hamás, una organización terrorista, y los israelíes han establecido un bloqueo para evitar que reciba por mar las armas de Irán y otros países. Se sabía que los israelíes nunca permitirían la llegada incontrolada de esta flotilla. Después vendrían otras con gentes muy variadas: pacifistas auténticos, ONG’s más o menos fiables y también terroristas apenas encubiertos. Se les ofreció, sin éxito, la posibilidad de desembarcar la ayuda humanitaria en el puerto israelí más próximo a la franja. El resto es conocido. Fue una provocación que recibió de nuevo una respuesta desproporcionada.

Deben exigirse responsabilidades, pero convendría aprender de una vez por todas que con la seguridad de Israel no se juega. Ha sido una insensatez intentar romper por libre un bloqueo contra el que incluso las Naciones Unidad nada han podido hacer. Y aunque la inmensa mayoría de los centenares de personas que componían la expedición sólo abrigaran sentimientos humanitarios, habría bastado el fanatismo de unos pocos para que la aventura acabase en tragedia.