Apuntes para un recorte de gastos

Las exigencias de Bruselas y las advertencias de la Casa Blanca cogieron al Gobierno español con el pie cambiado. De la noche a la mañana hubo de ponerse en posición de firmes, decir digo donde había dicho Diego, obedecer órdenes y pergeñar apresuradamente las primeras medidas para reducir el déficit. Lástima que ni siquiera en tan penosa coyuntura haya contado al menos con el principal partido de la oposición para consensuar los inevitables sacrificios.

A la espera de que pronto se adopten otras medidas, como las reformas de los mercados financiero y laboral -que se harán, como de costumbre, demasiado tarde-, hoy nos preguntamos si la rebaja en el sueldo de los funcionarios y la congelación de pensiones hubieran sido evitables. Probablemente sí. Hemos despilfarrado mucho dinero y seguimos haciéndolo. De las bombillas de bajo consumo, del cheque bebé y del generoso regalo de los 400 euros ya se ha hablado bastante. También de los clamorosos dispendios de, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad, subvencionando a los afines y encargando estudios sobre el clítoris. O de la traducción simultánea en el Senado, sólo explicable como gesto de prodigalidad enfermiza en clave separatista.

Nuestros gastos en el extranjero no han merecido tanta atención más allá de los euros que nos han costado la bóveda de las Naciones Unidas en Ginebra, las ayudas a la lengua guaraní, el apoyo a las lesbianas de no sé qué país africano y las “embajadas” catalanas. Por cierto, no conozco en Madrid ninguna legación similar de Texas, Baviera, Escocia, Irlanda del Norte o Québec, por citar sólo algunos ejemplos de Estados no precisamente centralistas. España es diferente, y no siempre para bien.

Si recortamos directa o indirectamente los ingresos de nuestros funcionarios y pensionistas, si subimos los impuestos a los ricos y a quienes no lo son, se nos permitirá pedir un drástico recorte de tantos viajes al extranjero, siempre en grupos de regular tamaño, a cargo del presupuesto y con los más variados pretextos. Sea para traerse a casa unos juegos olímpicos, sea para inaugurar unos pabellones en China, sea para celebrar uno de esos innumerables congresos, asambleas, reuniones u otros eventos que hacen de nuestros políticos, y de sus asesores y asesoras, destacados protagonistas del movimiento continuo. Milagro es que aún les quede tiempo para ocuparse de los contribuyentes.

Pero hay otros capítulos que demandan una reconsideración conforme a las nuevas circunstancias. Tenemos militares repartidos por medio mundo y, en particular, un considerable contingente en Afganistán. Y también guardias civiles y policías nacionales. Quizá haya sido excesiva la estancia del buque “Castilla” en aguas de Haití durante cuatro meses, país al que, según se dice, hemos ayudado más que nadie, incluso por encima de Francia, su antigua metrópoli. Quizás estemos perdiendo el tiempo y el dinero en Somalia, asumiendo tareas en las que antes fracasaron los Estados Unidos. Y quizás debamos replantearnos nuestra intervención en Afganistán.

Habrá que saber lo que esa misión asiática nos cuesta realmente. Habrá que preguntarse por nuestra permanencia en aquellas tierras no tanto para ganar una guerra, que oficialmente no existe, como para contribuir al desarrollo del país construyendo carreteras o atendiendo enfermos. Y habrá que decidir lo más conveniente para España en la actual situación, aunque se moleste Obama. Recuérdese, en todo caso, que los terroristas de 11M en Madrid no vinieron de remotos países ni eran cualificados miembros de Al-Quaeda, sino fanáticos islamistas que residían aquí, entre nosotros. El atentado se gestó dentro de nuestras fronteras. No en Kabul, Mogadiscio, o el sur del Líbano.

1 comentario
  1. LoLo69 says:

    Pues sí, menudo patadón al diccionario. Que, por cierto, es de la RAE, no RAC, que eso es una radio del grupo Godó.

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