Río, por no llorar

Instalaciones inacabadas. Atascos de tres horas para que los deportistas se trasladen a las distintas sedes para competir. Cortocircuitos, goteras y cisternas estropeadas en la Villa Olímpica, con algún incendio que ha obligado a evacuar algunas delegaciones. Robos en las habitaciones de la Villa. Caos en los puestos de restauración de las sedes, en ocasiones desabastecidos. Imposibilidad de pagar en metálico productos básicos como una botella de agua y obligación de abonarla con una tarjeta de crédito específica, que es patrocinadora. Deportistas atracados a punta de pistola en Río. Agua verde en las piscinas de salto de trampolín y natación sincronizada porque un empleado de la limpieza 'la lió parda'. Días sin descubrir ese expediente X del agua verde en plena competición. Regatistas y nadadores enfermos con virus por la contaminación de las aguas donde se disputan las pruebas de vela y de natación en aguas abiertas. Hundimiento de la plataforma desde donde debía comenzar esa prueba en aguas abiertas. Habitual caída de lonas y cartelería que no estaban preparados para el viento. Estadios vacíos o semivacíos. Colas de varias horas para acceder a los estadios. Aficionados locales convertidos en ultras que no entienden el espíritu olímpico...

Todo ello, responsabilidad de la pésima organización de los Juegos de Río. Lamentable. Quizás serán recordados como unos de los peores de la Era Moderna. El COI, responsable de la instalación de la cámara aérea en el Parque Olímpico cuya caída no causó muertos de milagro y con uno de sus miembros acusado de haber revendido miles entradas, eligió Río y dejó a Madrid sin una fiesta tan universal como los Juegos Olímpicos. Otra vez será. Ojalá haya otra vez.