¡”Jugadores, mercenarios”!

El grito de “Jugadores, mercenarios” parece haberse puesto de moda en el fútbol español. Es algo muy manido, un recurso fácil para que alguien pague la frustración de los aficionados cuando su equipo del alma pierde. Se ha visto en las últimas horas en Valencia, donde ahora sí hay motivos para la indignación y no cuando Emery clasificaba al equipo tercero y algunos avariciosos –no todos- lo echaron a escobazos por no superar al Real Madrid y al Barcelona. Pero como Peter Lim ha llevado el maná de los euros a la capital del Turia y el anterior señalado, Nuno, ya fue puesto de patitas en la calle por el asiático, las escopetas tienen que disparar a alguien, mientras a esta hora Neville sigue como entrenador ché. De traca, pero de las gordas.

No le falta razón a André Gomes (en la imagen) cuando al tratar de razonar con los aficionados valencianistas que le increpaban les preguntaba: ¿Vosotros creéis que yo quiero perder? Y es que en el noventa y nueve por ciento de los casos un futbolista hace lo que puede en el campo. Un gol, una actuación brillante, le genera un reconocimiento social, más opciones de ser convocado por su selección, un aumento en su cotización, y en ocasiones una recompensa en forma de prima.

Ni le falltó razón a Sergio Ramos, cuando a la conclusión del Valencia-Real Madrid afirmaba que “esté quien esté en el banquillo, los jugadores lo damos todo”. Es posible que los jugadores puedan hacerle la cama a un técnico con desplantes en los entrenamientos, críticas de soslayo o sin él en la prensa o incluso trasladando a la directiva el malestar del vestuario con un entrenador. Pero en una amplia mayoría de los casos tampoco “pierden aposta”, como quedó demostrado en ese duelo de Mestalla en el que si los madridistas no se llevaron el encuentro no fue por falta de entrega.

Esa frase lapidaria de los mercenarios, la de “menos millones y más cojones” que se ha escuchado en ocasiones en el Bernabéu o la de “esta camiseta, no la merecéis”, son sólo un recurso fácil de desahogo, como la lluvia de huevos desde el Fondo Sur del Calderón en el adiós a Primera ante el Sevilla. Eso sí, a no ser que no se merezcan la camiseta porque son muy malos.

¿Cómo un futbolista va a hacer mal su trabajo y ser motivo de escarnio entre decenas de miles de personas o en los medios de comunicación al día siguiente? El fútbol debe tener su parte de pasión porque aumenta su encanto, pero en ocasiones entendemos mal esa pasión y disparamos al aire.

Cuando un equipo no va bien, ¿no habrá responsabilidad del que ha fichado a esos jugadores?, ¿no será que hay equipos con más presupuesto que pueden permitirse una plantilla mejor?, ¿no es posible que al entrenador le falten conocimientos tácticos, o experiencia? , ¿no puede tener un conjunto una mala preparación física, ya sea en la pretemporada o en medio de la campaña?, ¿no puede haber condicionado la suerte, que aquel remate al poste o penalti fallado haya impedido celebrar aquel título? En muchos de los casos la pregunta debería ser: ¿No será que son muy malos?

Hemos convertido al fútbol en un circo que ha fortalecido al propio fútbol y a todo su entorno -medios incluidos-, pero el convertirlo en asunto de estado nos lleva a ser tremendistas y a ver cómo se insulta a los jugadores del propio equipo pese a que lo hayan dado todo sobre el césped. Como bien dijo un día Lotina, “lo de los cojones y todo eso está muy bien, pero los partidos se ganan jugando bien al fútbol”.