El fracaso olímpico: Blanco y en botella

El fracaso olímpico de Madrid 2020 en Buenos Aires se ha visto personificado en dos nombres, el del presidente del COE, Alejandro Blanco, y el de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella.

El primero, como cabeza visible de un proyecto, ha regresado de tierras argentinas cantando: “Y si somos los mejores bueno y quéeee…Y somos los mejores  bueno y quéeee…” Autocrítica cero. “Madrid 2020 es la mejor aunque pierda”. Coño, pues si ha perdido no ha sido la mejor. Sólo le ha faltado decir con su somnolencia habitual (será por eso lo de que según él, trabaja veintiuna horas y duerme tres), aquello de: “Más se perdió en Cuba, y vinieron cantando”.

Muy mal Blanco. Cuando se sufre una derrota tan contundente en una votación, no se puede echar la culpa sólo a los votantes, sino que alguna responsabilidad tendrá él de no haber averiguado qué es lo que incita a los miembros del COI a elegir una opción u otra. Le he escuchado con estupor criticar incluso el hecho de que se cuestionara en el turno de preguntas a la delegación española por la ‘operación Puerto’, una de las historias más sonrojantes de nuestro deporte en los últimos años y que ha llenado páginas de los diarios internacionales. Seguro que al señor Blanco le parecía mejor que él mismo hubiera hecho las preguntas y las respuestas.

A Estambul y a Tokio, evidentemente, también les alcanzaron las preguntas comprometidas. No todas iban a ser como las que Alberto de Mónaco hizo a Madrid 2016 y a Madrid 2020, que parecían escritas por la delegación española, ya que el del Principado quiere pasearse tranquilo por nuestro país después de que hace ocho años se centrara en él la frustración de la derrota porque preguntó por ETA.

Blanco, que llegaba a la cita con su imagen en entredicho después de que se le acusara de plagiar la tesis cuyo borrador fue rechazado, insiste en que los equivocados son los setenta y tantos votantes que no confiaron en Madrid y no él. No plantea un presunto fallo al no contemplar la rotación continental (apuesten a que en 2024 los Juegos regresarán a Europa) ni en el lobby que compra y vende votos en los días previos (creíamos que invitando a jamón de pata negra en una carpa cercana al Hilton bastaría) o ni siquiera en que era erróneo el mensaje de “Necesitamos los Juegos” porque el COI no es una ONG y pretende más recibir que dar. Ni siquiera que nuestros políticos tendrían que haberse implicado más en que se hubieran levantado las alfombras de la operación Puerto. Según él, todo estaba perfecto. Los demás son los equivocados.

Ana Botella también se ha visto en el disparadero, en su caso por su mala pronunciación de la lengua de Shakespeare. No deja de ser una anécdota, porque su ‘pronunciation’ y su ‘relaxing café con leche’ no creo que dieran ni quitaran apoyos a Madrid 2020, pero es no menos cierto que le habría costado poco ensayar su exposición. Y tampoco le habría costado mucho si no entendió la pregunta del reportero sobre el paro en víspera de la elección decir que no le funcionaban los auriculares -o alguna salida similar- en lugar de ponerse a hablar de las infraestructuras. Pero ser la esposa de un expresidente del Gobierno tan odiado por algunos y la permanente sospecha de que su meteórica ascensión no se deba a méritos propios es aprovechado ideológicamente por sus detractores para atizarla a las primeras de cambio. Botella intentó transmitir ilusión y pasión, pero sobreactuó en demasía y quedó en entredicho. Lo de volver en el avión de Rajoy tampoco le ayuda a mejorar su imagen.

A tenor del resultado, y además de que posiblemente nos faltó en Buenos Aires Montoro para contarle a los del COI que nuestra política económica asombra al mundo -podría haber hecho un dúo con Chiquito de la Calzada-, a Madrid 2020 le faltó trabajo de campo, ese que no vemos pero que compra y vende favores y voluntades. Le faltó ser más claro en el tema del dopaje y le faltó dinero. Euros, dólares o yenes, es lo mismo. Pero Blanco no se ha enterado.

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