Rivaldo, un indignado más que recuerda cuando fue pobre

Los brasileños no quieren el Mundial. Al menos una gran parte de ellos, como están demostrando con sus numerosas protestas en la calle. O no lo quieren si el dinero que entra en el país se dedica sólo al fútbol olvidando los servicios básicos. Un ‘ilustre’ del fútbol mundial, Rivaldo, se ha sumado a los indignados recordando sus orígenes. El exjugador del Deportivo y el Barcelona así lo afirmó este martes en su cuenta de Twitter. “Es una vergüenza estar gastando tanto dinero para este Mundial y dejar los hospitales y escuelas en condiciones precarias. Brasil no tiene condiciones y no necesita un Mundial”, aseguró el todavía futbolista, de 41 años, quien posteriormente aclaró que conoce de primera mano la delicada situación del transporte, la sanidad y la educación en un país pujante pero con la riqueza mal repartida. “Necesitaba desahogarme, pues ya fui pobre y sentí en la piel la dificultad de estudiar en una escuela pública y no tener un buen servicio de salud”.

Efectivamente, Rivaldo fue pobre. Tan pobre, tan pobre, que dio sus primeros pasos en una favela de Recife. Tan pobre, que no tenía zapatos. Tan pobre, que se quedó sin dientes cuando era niño porque se le pudrieron por culpa de la malnutrición que sufría este raquítico niño llamado Rivaldo Vítor Borba Ferreira.

Rivaldo nació en la pobreza en el año 72. Era el tercero de los hijos de Romildo Vítor, jardinero municipal con un ínfimo salario -único ingreso familiar- y Marluce. Cuando cumplió seis años y sus padres habían tenido dos hijas más, la familia emigró a la zona metropolitana de Recife. Al salir de clase, Rivaldo acompañaba por las calles a sus hermanos, quienes recogían chatarra y vendían dulces y bollos.

Cuando cumplió once, comenzó a contribuir a la economía de su familia de siete miembros. Cuando salía del colegio se dedicaba a vender bombones y chicles en las playas. En los ratos libres, adiestraba gallos de pelea que luego vendía su padre.

Rivaldo, que hasta entonces jugaba descalzo al fútbol, recibió cuando cumplió 13 años un regalo que le cambió la vida: unas botas de fútbol. Con dieciséis años, el padre le llevó a hacer una prueba en las categorías inferiores del Santa Cruz. Rivaldo comenzaba a despuntar, parecía que por fin tocaba la felicidad, pero una nueva desgracia le marcó. Su padre, cuando él tenía diecisiete años, fallece atropellado por un autobús y Rivaldo se sume en una profunda depresión.

Fue su madre la que consciente del sueño por cumplir de su hijo le animó para que no abandonara el fútbol. Rivaldo no sólo no abandonó, sino que llegó a convertirse en el mejor jugador del mundo, como acreditan el Balón de Oro y el nombramiento de Mejor Jugador FIFA del año 99. Ahora, 41 años después, Rivaldo no olvida su historia. Una historia de superación.

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