La tronera

Siempre me ha fascinado los títulos o lemas de las columnas periodísticas. Pla lo titulaba “Ni un día sin línea” y Gala “La Tronera”, un nombre defensivo, ranura para disparar sobre el enemigo que se acerca a la puerta del castillo o de la casa. La casa de Baroja en Bera de Bidasoa tenía tronera o podía haberla tenido.

Me meteré en una tronera hasta que pasen estos días apocalípticos y de estrechez, porque quienes estamos por la Tercera Vía recibiremos de todas partes. Pero esa es mi postura. No estoy por la independencia, pero tampoco por continuar con el incómodo encaje de Cataluña en España. Deseo un discreto término medio entre la siniestrez de Montilla, la bonhomía de Tardá y la marisabidilla Soraya.

Hay que ganar tiempo para no estropear más el desgarro entre Cataluña y España. Y cuando se haya pactado decentemente, no solo querer cambiar la escuela catalana, sino también la española, esa escuela de donde sale la antipatía de España hacia Cataluña, los polacos, insolidarios y “a por ellos”. No puede ser que laminar el estatuto catalán de votos en el resto de España, porque eso quiere decir que Cataluña no podría estar en España más que como inferior.

Eso es lo que se debe arreglar para ir al fondo de la cuestión.