Venesias

En esta época del año se me ocurre, por caprichos del azar, caer en Venecia. Abarrotada de turistas, esos que según los antisistema de Barcelona destruye los barrios. Con esos he de lidiar cada agosto, durante unos días para disfrutar Venecia a pesar de todo.

Por la mañana un museo, pongamos el Guggenheim (de Peggy), a medio día cruza isla para almorzar, por la tarde un Negori en el Café Florian, a las siete cuando ya se han retirado los turistas y por la noche cena en Harris o Baglioni.

Si uno se pasa a la Giudecca, encontrará casa habitadas por nativos. Una vez, por año nuevo, cuando se bebe el torbolino y el agua está alta, paré en la casa que solía alquilar el maestro Toscanini. El barrio estaba poblado de venecianos.

¿Tendremos que enviar una comisión de expertos para que nos expliquen cómo sobrevivir al turismo? Es una cuestión de sentido común: se reparten los espacios y los tiempos entre nativos y visitantes, se ocultan unos durante las horas laborables y ceden en espacio a los otros. Luego, cuando los japoneses se van a cenar o de vuelta a su hotel, porque cierran iglesias y museos, los venecianos vuelven a la calle y sobre todo a la plaza, de esas con bares y restaurantes y sus correspondiente monumento. Yo prefiero la plaza donde está el Condottiero Colleoni del Verrocchio, pero cualquiera de ellas vale para sentarse apaciblemente a ver caer la noche y a saborearla.

Es un milagro, pero Venecia no me defrauda ni siquiera en agosto. Es mi vacuna contra la turismofobia.

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