Charms

No tengo una explicación racional a mi fascinación ante las ceremonias de la realeza inglesa -que la española, a cien leguas de aquella, no me produce. Creo que este mundo incierto, erótico, peligroso, problemático y febril sería más inestable sin estos ritos y símbolos arcaicos que nos arraigan en el pasado y por ello nos enraízan y dan seguridad.

Antonio Senillosa me repetía que debía ser monárquico por razones estéticas, yo ya lo era porque mi padre, influido por Alfonso XIII me lo inculcó. Luego me retraje cuando Juan Carlos salvó a Felipe González de lo que se merecía y estos días, al ver a Don Felipe en Londres con Isabel II, los Horse Guard, el Duque de Edimburgo, Prince Charles, me ha vuelto a sobrecoger el ceremonial.

Me parece paleto y cafeto escribir, como he leído en una corresponsal, “que mucho Buckingham, mucho Buckingham, pero en todo el palacio no hay ni un solo espacio con el empaque del Salón de Trono o la sede de Columnas del Palacio Real de Madrid” ¿A qué viene esta inadecuada comparación?, que mejor no extender a nuestras Cortes del Parlamento. Estamos hablando de arquitectura y sobre reflexiones acomplejadas y pueblerinas. No tenía mala pinta el salón en que cenaron.

El esfuerzo de Isabel II por tratar con la máxima cordialidad y rango al Rey de España, es muy significativo, más allá de los lazos familiares, que los unen por la Reina Federica de Grecia. Felipe VI estuvo a la altura de las circunstancias en los discursos y en su porte; por su porte el collar de zafiros de la reina Isabel era espectacular. A mí que me hipnotizan los zafiros y las novelas de Dumas el collar acabó de rematarme: Senillosa tenía razón: debo ser pro monárquico por estética.