Salir a las seis

Llevo años sosteniendo que la libertad primera y última consiste en reducir la jornada laboral. Tener más horas libres. La libertad pasa por disponer de unos tiempos en los que uno se dedica hacer lo que le da la gana. A veces no hacer nada, que es lo más liberador que hay.

Por eso me parece de incultos tachar esa propuesta de frívola. Donde no hay crítica, no tiene valor el elogio, decía Beaumarchais, pero donde no hay elogio tampoco tendrá valor la crítica. Si el PP o el PSOE o a Podemos se les critica todo siempre, como si todo lo hicieran mal esas críticas acabarán perdiendo su valor y se verán como partidos tomado partidista “a priori” y por eso, sin valor de juicio.

Hay preguntas, que, vengan de quién vengan, pueden estar bien y deberán ser reconocidas así. Luego discutiremos como implementarlas. Cualquiera que haya vivido por esos mundos, que haya pasado de Mataró o Valdemoro sabe que la jornada seguida con un rato para el almuerzo, que debe ser forzosamente ligero, es mucho más eficaz y liberadora que marcharse a casa a comer con dos o tres horas cortando la jornada laboral. De una a cuatro no se puede hacer lo mismo que de las seis a la noche.

Nuestros hábitos laborales y de comida son causados por el clima caluroso del largo verano español. De ahí cenar a las once porque nadie asoma cabeza al sol antes de las seis de la tarde. Eso ya no tiene justificación después del invento del aire acondicionado, que ha permitido el desarrollo económico al evitar el calor agobiante y penalizador. ¡Fluyamos con la tecnología! Aunque lo proponga el PP.