Un mundo feliz

En 1875 los pueblos de Europa y América contemplaban un mundo en el cual, hasta donde alcanzaba su visión, se adivinaba el constante progreso y la paz universal. En USA, la guerra civil había terminado con la esclavitud e iniciado la conquista y explotación industrial del Oeste. Ninguna sospecha de guerra oscurecía el horizonte europeo tras la firma del tratado de Sedan, mientras que Inglaterra se complacía en el esplendor de su era victoriana. La ciencia europea, ese fruto del renacimiento, había crecido hasta alcanzar su madurez, afirmando los mecanicistas que ya solo quedaba por solventar algunos detalles para tener una explicación completo del universo; en todo caso, había mostrado sus posibilidades prácticas en cuanto a innovación de tecnología, elevando el nivel de vida y multiplicando los instrumentos culturales. Paralelamente, se había elevado el nivel ético y los ideales del socialismo humanitario ganaban aceptación generalizada. Creyéndose civilizados, las gentes inteligentes de Occidente no veían obstáculos para que toda la tierra fuera transformada en una sociedad liberal modélica.

Eso era en 1875, para 1915 el sueño se había convertido en pesadilla, seguida por la siesta de la guerra civil española y el trance hitleriano. “Cuando Ortega nos había convencido de ser europeos –decía Madariaga- el modelo se volvió loco”. Años de estupor y lamentaciones siguieron el holocausto de 1945, años de guerra fría y disensiones, autonomías coloniales y partición del mundo. Los pensadores no podían comprender como las naciones más civilizadas de la tierra se habían enzarzado en una guerra salvaje aderazada por sadismos gratuitos. La cosa no se comprende porque el error está en la hipótesis de partida: las naciones nórdicas que hicieron la guerra no son aún lo bastantes civilizadas y sus masas recaen con demasiada facilidad en comportamientos tribales. Civilizados lo son los chinos, los indios y los mediterráneos, lo cual tampoco les impide acometer toda clase de guerra indígena.

En 1990 nos encontramos en otro de esos momentos tipo 1975, en que todo parece de color de rosa, por la desaparición del antagonismo entre bloques capitalistas y comunistas, los nuevos progresos de la ciencia y la prodigiosa tecnología cibernética. Estamos ante una era de paz y prosperidad: ¡Ojalá dure cuarenta años como la última, entre 1875 y 1914!; si se mantiene la paz cuatro décadas quizás haya tiempo para corregir los problemas que pueden dar al traste con nuestro optimismo. Hay que plantearse la manera de desarrollar los países pobres sin meterlos en la camisa de fuerza del sistema americano consumista, hay que dar salidas racionales al fundamentalismo religioso, única fuerza ideológica real en estos momentos, hay que recuperar la espiritualidad en los países de Occidente, donde el materialismo está llevando a la infelicidad en la opulencia, hay que frenar el desmán antiecológico. Para todo esto sería necesario un renacimiento mental y espiritual como el del siglo XV, y no se ve, de momento, cual puede ser la Florencia, ni quienes los Medici; solo se ve Nueva York y Mr Trump.