El Tour de los robots

Desde niño, el los años 50 sigo el Tour de Francia: primero por la radio, había que echarle mucha imaginación, y luego por televisión. Eran hazañas épicas las de Bahamontes, coronando en solitario los puertos y esperando el pelotón para no bajar solo y comprándose un helado mientras tanto.

Eran corredores elegantes, guapos - no todos - geniales, imprevisibles. Desde Bartoli y Coppi, que se parecía a Manolete o bien el bello Louison Bobet o el suizo Koblet, el belga Ockers, campeón de la regularidad. El indiscutible Eddie Merckx y el frágil Anquetil. Eran como caballeros andantes, no hay que olvidar que el original Tour de Francia era el que realizaban en la Edad Media los artesanos y constructores franceses para obtener su maestría.

Pero este año me encuentro a un muñeco de goma con aspecto de larva, feo, desmadejado, espasmódico, flanqueando por cinco “Dar Veiders” que lo rodean y no dejan que nadie se mueva en el pelotón. Los gregarios de Froome son el fin del glamour heroico del Tour de Francia. Son el triunfo de la robótica, la abolición del individualismo, la espontaneidad, la proeza.

Son el reflejo de esta época donde el individuo y su genialidad desaparecen en la caja fuerte de los bancos, aplastados por millones de libras. Ya pasó en el Europeo de futbol: cero a cero y triunfo de los defensas sobre la creatividad individual, solo el payaso de Cristiano destacó por su histrionismo y su convencimiento - feliz inconsciencia - de que es un genio. Ya no hay genios en este triunfo del dinero sobre la caballerosidad.