Sigena Transfer

Contaba el divino Tip que alguien pretendió llevar la estatua de Agustina de Aragón a Madrid para asentarla en la Plaza Real, pero que no fue posible porque está prohibido el tráfico de heroínas.

Mover el arte no es fácil, está lleno de polémicas: los mármoles del Pantenón, los caballos de Venecia, el Guernica de Picasso y ahora los frescos del monasterio de Sigena.

El 3 de agosto de 1936 el monasterio aragonés fue quemado: aparece el arquitecto Josep Gudiol y arranca las pinturas al fresco y las lleva al Museo Romántico de Barcelona para salvarlas. Ahora en Huesca quieren recuperarlas y exigen su devolución, pese a que tocarlas puede ser catastrófico.

Soy de los que creen poco en los museos y nada en exhibir una obra de arte fuera del lugar para donde fue creada. Cada vez que veo los frescos románicos de Tahull en Barcelona me indigno. Con la excusa de preservar la pintura romántica, la Mancomunitat de Prat de la Riba y Eugenio D’Or arrancó docenas de frescos pirenoicos y los concentró en Barcelona. Bien, pero mal.

El fresco románico, “ese exabrupto campesino”, como lo llamaba José Plá, tiene sentido en una pequeña iglesia también románica en un alto de las montañas o un valle junto a Tahull o Boi. Soy partidario de volverlos todos a su origen, porque hoy día no hay peligro de que se destruyan. Y si su estado no lo permite, entonces se debe pagar una copia idéntica en el lugar de origen.

Las restauraciones “mínimal”, donde ponen cemento armado contra la piedra de Sant Pedro de Roda, el más bello románico que nada, son una cacicada ególatra del arquitecto engreído que le va a enmendar la plana al Maestro de Cabestany los murales a Sigena y si se desvanecen ¡viva la gracia baturra!.