Día del libro

El día de San Jordi se vendieron en Barcelona un millón y medio de libros, de los cuales 30 me tocaron a mí. Nunca he sabido escribir cosas como “La chica del tren”. Pero disfruté de lo lindo dedicando libros, charlando con autores vecinos como el surrealista Pau Riba, a quien conocía de Formentera en 1970, donde cultivaba un huerto de surco concéntrico “como una ensaimada”, me dijo.

Autores extranjeros elogian la fiesta del libro y la rosa como muestra inaudita de civilización en este mundo soez y tirando a bárbaro, pero es que esto es el Mediterráneo: y no es España, es Barcelona veinte siglos después. Los barceloneses se sienten un poco extra en su película y se aplican de lo lindo para asombrar a los guiris, autores incluidos.

En mis cuatro largas velas de firmar, tuve tiempo de especular sobre el futuro del libro. ¿Es cierto que el libro de papel va a desaparecer? El I-Pad es comodísimo para viajar. Aquella famosa “Book Bag” que acarreaba Somerset Maugham en sus viajes a Indochina (luego lo llevaban sus secretarios y amante Gerald Haxton, luego Alan Searle) ha sido superada por una pantalla capaz de mostrar 20.000 textos.

Pero ¿Quién quiere leer en pantalla si puede acariciar una edición de Hogarth Press de 1920? Les recomiendo los libros del siglo XIX, son los más agradables de manejo y lectura. Los del XVIII usan letra arcaica, efes que parecen eses. Los del siglo XX, menos Jacobo Siruela, usan papeles baratos.