Sobre gustos hay que escribir

Arte es el lenguaje de las emociones, del mismo modo que ciencia es el lenguaje del pensamiento racional. Arte es una dialéctica o interacción entre el objeto y su perceptor que sucede en el cerebro, donde interaccionan las sensaciones que vienen de fuera y los circuitos cerebrales o gestalts que el perceptor lleva dentro. De esa interpenetración surge un estímulo cuya respuesta transforma el estado de ánimo del perceptor aumentando su vitalidad, su tensión emotiva, su intuición, incluso su conocimiento, llevándole a veces a ver la realidad transfigurada.

Este fenómeno de resonancia entre objeto y sujeto ha sido descrito bajo diversas hipótesis. Teoría de la Empatía: proyección de emociones subjetivas en la obra; la Teoría Gestalt: el sujeto completa rasgos de la obra durante el proceso de percepción; la Teoría Simbolista: la obra despierta arquetipos del subconsciente personal o colectivo. Estas teorías estéticas pertenecen a las épocas románticas, cuando el arte se ve como lámpara que proyecta y emana; en las épocas clásicas, el arte se considera un espejo que refleja la realidad y entonces las teorías se basan en la armonía, la proporción de las partes entre sí y con el todo, o en la serena representación de lo real.

Las diferentes teorías estéticas nos revelan la evolución cíclica del arte: en arte no hay progresos, hay propósitos diferentes, advierte Gombrich. Desde el bisonte de Altamira al toro de Picasso, no es que unos sepan pintar mejor que otros, es que se proponen representar la realidad para fines distintos. Los paleolíticos querían conseguir magia simpática para favorecer la cacería; los clásicos deseaban comunicar serena armonía y grandeza reposada; los medievales comunicar la religión cristiana; en el Renacimiento se busca el realismo y los románticos expresarse subjetivamente. Hoy día, el fin último de los ensayos estéticos vanguardistas es revelar lo que no se ve: las estructuras internas bajo la superficie, el mundo subatómico y subconsciente. Para ello en 1900 se rompió con los propósitos realistas clásicos y emotivos románticos para dedicarse a representar lo que no se ve. Y con ello caducaron los criterios realistas o emotivos con que se podían calibrar las obras de arte. Ahora faltan nuevos criterios para evaluar obras contemporáneas.