Los cacahuetes de Davos

Con honrosas excepciones me imagino a los asistentes a Davos como una porción de oligarcas semejantes a la vicepresidenta de las líneas aéreas coreanas que no pidió unos cacahuetes, le pusieron una bolsa y obligó al avión a regresar al terminal para que los sirvieran adecuadamente en un cuenco. La ejecutiva caprichosa ha sido procesada y le podrían caer diez años d cárcel por medio secuestrar un avión.

Unos cuantos así deben correr por Davos vestidos de cordero y afrontando la cándida acusación del hombre de la calle: ¿pero cómo es posible que en Davos 2008 nadie dijera nada sobre la crisis portentosa que se avecinaba? Pues muy fácil: porque la provocaron ellos. ¿Cómo se piensan ustedes que los ricos se hacen muy ricos? Trabajando no, desde luego, se enriquecen teniendo dinero cuando la mayoría no lo tiene y comprando a mitad de precio cuando los activos bajan. Para eso hay que saber de antemano cuándo y cuánto bajarán los precios de los inmuebles y de las acciones, y la manera infalible de saberlo es provocándolo uno mismo; uno mismo quiere decir trescientas personas que están de acuerdo.

A ver si ahora se dignan explicarle a la anticuada Merkel que no tendrá inflación tipo Weimar aunque adopte una política de ayudar al crecimiento que es lo que ahora toca. También estaría bien que Piquetty les restregara por las narices sus datos de la desigualdad de rentas que cada vez es más escandalosa. El 1% de la población, son unos cuantos más de los que reúnen en Davos, tienen el 98% de la riqueza y eso que están por ahí Solana y Cebrián, que bajan el promedio.

Me hubiera gustado que el Papa volviendo de Manila hubiese parado en Davos a ver si allí se daba un baño de multitudes. Porque claro, en Manila quitaron a los quinientos hombres del paseo marítimo y les mandaron a un hotel de 40 dólares hasta que se marchó el pontífice y volvieron a depositarles en la calle. Me intriga intuir que tipo de catarsis se produce en los miles de personas que se emocionan durante la visión del Papa, aunque sea de lejos. La única experiencia que tengo yo de eso es el congreso eucarístico internacional de 1950, donde con otros fervorosos niños de la acción católica asistí a la comunión masiva en la plaza de Pío XII, que esos eran los festejos que nos montaba Franco. Mi catarsis consistió en una insolación y dos días de cama tras aguantar el entusiasmo de una misa y comunión masiva (¿por qué con IVA?) celebrada por monseñor Tedesquini, un fantoche que se empolvaba la cara con harina de arroz, y recorrió la Rambla de Cataluña sobre un catafalco que parecía un paso de Semana Santa. ¡Qué difícil resulta para la Iglesia encontrar la vía del medio! De momento hablar no resulta muy caro.