Houellebecq es gafe

Ya tuvo un lío descomunal con juicio incluido por meterse con el Islam. Comentarios exagerados y gratuitos. Ahora no ido a por él, pero el lanzamiento de su novela coincide con el ataque a Charlie Hebdo. Es la característica del gafe: no provoca causalmente la desgracia, pero la acompaña con su presencia, la anticipa, la cataliza, la anuncia. ¿Quién le mandará meterse en estos berenjenales?

Desde que se dio a conocer con “Las partículas elementales”, una buena novela de impecable prosa y detestable contenido: cutre, sexualmente sórdido y de regusto desolador, Houellebecq no tuvo más remedio que presentarse como un tipo enfadado, antipático, colérico, un verdadero intelectual francés de esos que parece que les deben dinero y no les pagan.

No es el único. Llevo años preguntándome por qué Tapies estaba siempre de mal humor, al menos en las fotos, o Levi Strauss o Saura el pintor y tantos otros artistas, sobretodo pintores -menos el genial Dalí- que sentían la obligación de estar malhumorados mientras la lucha de clases no acabase como ellos querían: por el triunfo del comunismo y su país en una dictadura despótica como la de Rusia. Como eso no sucedió murieron malhumorados, enfurecidos por su derrota en la lucha de clases. Unos tipos que como Tapies ya no podían contar los millones que ganaban.

¿Qué habría pasado con su dinero si el proletariado comunista hubiese triunfado? ¿No hubiesen perdido sus millones de dólares o de euros? Quizá no, quizá pensaban hacer con el dictador comunista triunfante como García Márquez con Castro: congraciarse con él, recibir un trato de favor y, por las fotografías, seguir con sus prebendas. Nada como triunfar como artista capitalista perteneciendo al partido comunista: estaban blindados.
Houellebecq llegó más tarde pero estaba y sigue malhumorado, severo, displicente, despreciativo y forrado por las ventas de sus novelas. Ser un gafe le cuadra porque es lógico que el profeta del desastre sea un ser malhumorado como Jeremías.