Rajoy desentona

El presidente de Méjico, anfitrión de la Cumbre de Estados Iberoamericanos, regaló a los presidentes una guayabera, prenda que, en los países tropicales hispanos – incluso Filipinas – equivale al traje de etiqueta. Los asistentes aparecieron en la reunión vestidos con la confortable y elegante guayabera, el rey Felipe incluido: todos menos Rajoy, que se presentó con el uniforme de registrador de la propiedad, chaqueta oscura y corbata.

Es de tan mala educación destacar por exceso que por defecto y donde fueras haz lo que vieres, y no pretendas ser más fino que los demás, o que eres diferente y te puedes permitir la licencia de ir diferente a los otros por algún valor personal (oculto, claro). Si todos llevan la guayabera que les ha regalado el anfitrión, incluso tu Rey, es de pésimo gusto aparecer de corbata y, encima, endiñarnos un soporífero discurso vendiendo las excelencias económicas de España – que las hay-, pero no debería ensalzarlo su primer ministro.

Mi padre, que era un monárquico acérrimo porque Alfonso XIII trataba con cordialidad a todos los oficiales del ejército, me contó esta parábola para educarme. Estaba Alfonso XIII en un banquete con alcaldes, algunos de pueblos pequeños y agrícolas; pusieron aguamanos con uno de los platos y un alcalde se bebió el agua. Al darse cuenta, el Rey tomó su aguamano y se lo bebió.

Convendría contarle algo así a Rajoy para que no de la nota paleta y pueblerina. Y también cabría contarle algún chiste y anécdota ingeniosa por ver si ameniza sus discursos con sentido del humor. Su supuesta ironía gallega ha devenido tan sutil que se ha volatizado como el incienso del botafumeiro.