Violencia de género y de zopencos

La violencia, como el altruismo, está en los genes. Freud postuló la lucha entre instinto y civilidad en su ensayo “El Malestar en la Cultura” (mejor dicho Civilization and its Discontents). Según él, la represión de los instintos es el precio que se debe pagar por vivir en sociedad, y ya se sabe que la represión nunca es gratis, se cobra también un precio que toma diversas formas: una de ellas es la violencia.

Leo que el 60 por ciento de las víctimas (de violencia machista) volvió con su agresor, según el Observatorio contra la Violencia de Género: “Casi el 60 % de las veces, la víctima reanudó la convivencia con el agresor tras la denuncia e incluso después de que éste fuera condenado”. ¿De qué van estas señoras? ¿De tontas, masocas, ignorantes y almas en pena? “La mayoría de las víctimas se acogió a su derecho de no declarar contra el agresor y tenía una valoración del riesgo entre medio y “no apreciado”. A ver cómo se soluciona semejante incultura o candidez.

La otra violencia para soltar represión causada por la civilización es la del “hooligan”, en el campo y fuera de él. Ahí, fuera, es donde deviene más peligrosa. Se citan para pegarse, lo cual quiere decir que se conocen y se necesitan. Si muere alguno, mala suerte, y hay que proponérselo para ahogarse en el Manzanares. Hay un dicho en Inglaterra o Irlanda: Is this a private fight or may I join in? (¿Es una pelea privada o puedo meterme?). Hay gente que necesita pegarse o pegar para aguantar la represión de vivir en sociedad: habría que ponerlos en una isla desierta o de navegantes solitarios.

Daría risa si no causara tanta pena y sufrimiento.