Popper

Como yo ya no leo, releo, he dedicado este verano a Karl Popper y he constatado su vigencia. Se puede decir sin exagerar que la mayor parte de las creaciones intelectuales y artísticas del siglo XX tuvieron su origen en la Viena de principios de siglo. El psicoanálisis de Freud, el positivismo lógico de Wittgenstein, el racionalismo arquitectónico de la Bauhaus, y una pléyade de intelectuales del calibre de Gombricht, Koestler, Schumpeter salen de esa Viena en decadencia. Karl Popper es uno de esa prodigiosa generación. Fue miembro del llamado Círculo de Viena que reunía a filósofos y economistas, cuya tendencia era positivismo lógico y, en muchos casos, también el marxismo.

De muy joven Karl Popper se apartó de ambas cosas, del positivismo porque le parecía absurda la pretensión de definir con precisión las palabras. Para definir una palabra lo hacemos con otras palabras, que a su vez hay que definir y así hasta el infinito, de modo que para hacer rigurosos no podríamos empezar a hablar nunca. Del marxismo se apartó por esa absurda teoría de aumentar las contradicciones del sistema que llevó a los comunistas a alegrarse de la subida de Hitler al poder, a la cual no se opusieron.

Popper recibió en Madrid un doctorado “honoris causa” y hablé con él para invitarle a El Escorial: no tenía tiempo para preparárselo, dijo. Bonita excusa. Creo que el mejor homenaje que se le puede rendir a Popper es leer sus obras, sobre todo “La sociedad abierta y sus enemigos” o “La miseria del historicismo”: son libros de una relevancia total para las circunstancias que estamos viviendo en estos tiempos. Los indignados y los podemos, parecen querer una sociedad abierta, los socialistas no saben a dónde van -porque ya llegaron hace tiempo y no se enteraron- los comunistas de IU quieren una sociedad cerrada -o que no se llamen comunistas- y los demás se dicen “demócratas”. Que lean a Popper antes que Hayek.