De obispos

El obispo recién nombrado metió la pata con las gays. En Barcelona cuando se nombró obispo a Monseñor Marcelo Gonzalez Martín, un grafitti pedía: “Volem Bisbe Cataláns”, al día siguiente apareció esta coletilla: “Y monjas suecas”. La polémica tiene un regusto arcaizante porque sólo en los orígenes del cristianismo la comunidad intervenía en la elección de los obispos. Luego se jerarquizó.

Primero todos los obispos eran iguales -la prueba es que todavía, un obispo puede consagrar otros obispos- pero luego cobró hegemonía el obispo de Roma, cuando urgió rey al meroringio Clodoveo y éste puso el ejército franco a su servicio, jugada que repitió dos siglos más tarde el Papa de Roma, coronando a Carlomagno emperador de la cristiandad.

Desde entonces Roma decide sobre los obispos, aunque, naturalmente, consulta con la jerarquía de cada país. No se consulta aun con los feligreses, que todo llegará, llevado por las corrientes participatorias que vitalizan la sociedad moderna. Es evidente que un buen clérigo puede ser obispo de cualquier parte. Ello sería más cierto si no hubiesen quitado el latín, craso error, a mi entender, en una época cosmopolita.

Por eso rechina que un obispo recién nombrado desde Roma, sea tan provinciano como para no entender la homosexualidad.