Los veraneos

No me gustó ver a Jordi Pujol convertido en yoda balbuceando: “Mal interpretada pudo ser la transferencia”, mientras que Rajoy como un hobbit del Señor de los Anillos paseaba por un bosque galaico, umbrío y remoto, huyendo de las acechadas de la política.

Tampoco es muy lúcido el verano esporádico de Marivent, visto y no visto, en el que doña Sofía aporta solera y calma mallorquina. Los políticos del PSOE parecen condenados a veranear en la playa de los atunes y cosas por el estilo, siempre hacia el sur, a ser posible Almería, que es más auténtico.

Y los demás a Marbella, con los buenos periodistas que acompañan a Cela: Raúl del Pozo, Pablo Sebastián, Oneto, o Martín Ferrand, cumpliendo una tradición iniciada en la transición.

El Papa en cambio, rompe tradición, desdeña Castel Gandolfo, no se entiende muy bien por qué. Este Papa habla mucho, sino no sería argentino, pero aún no ha presentado un hecho consumado sobre las diversas cosas de las que habla. Y se sabe que hablar es gratis y hacer es más caro.

Yo veraneo en lo alto de la montaña a mil cien metros, junto a Andorra y frente a la sierra del Cadí. El aire es suave en el crepúsculo y apenas llegan los ruidos del mundo, que filtrados por la distancia y la soledad se ven como lo que son: bla, bla, bla.

Llegará septiembre y caeremos en la normalidad del sonido y la furia, de Pujol y su prole. Aquí en el pueblo hay una placa agradeciendo a Pujol la traída de aguas; el otro día me comentaban: “¿Y ahora que tenemos que hacer con esto?”. Yo cambiaría una palabra: “Molt por poc”.