El 2013

Superados los sobresaltos, amenazas y apocalipsis del calendario Maya, 2013 ha sido un año simpático, amable y llevadero. Primero porque la crisis del siglo ha terminado: la renta que cayó en 2008 ha vuelto a remontar; este verano tocamos fondo y volvemos a crecer. Eso de por sí ya nos debe congraciar con este año. Ya sé que los agoreros y pesimistas que se regodean en el desastre seguirán con sus proclamas adventistas o simplemente catastróficas, pero la realidad expresada en números y porcentajes del PIB señala franca mejoría.

Segundo porque tenemos un Papa nuevo, no un Benedetto al que algunos llamaban Maledetto, sino un argentino llamado Francisco, no sabemos si Javier o de Asís. El Papa de los pobres no sabe qué hacer con el esplendoroso patrimonio de la Iglesia católica. Yo tampoco sabría por dónde empezar a vender: la Pietà de Miguel Angel, la Custodia de la Catedral de Toledo, la Cartuja de Florencia o los Frescos de la Sixtina.

Para colmo Rusia se ha suavizado, Putin ha sacado gente de la cárcel, Obama está en Hawai y la CIA en ridículo por las escuchas. Ya sólo nos falta que Rihanna sea feliz con su novio y que Beyoncé venga a Barcelona.

De España no pienso hablarles, porque este país envidioso y cainita no varía de año en año, antes bien, se mantiene fiel a sí mismo y, por tanto, previsible. ¿Para qué buscar novedades donde el lema es, además de pillar, “manteñela y no enmendalla”?