Los usos de la filosofía

La filosofía occidental se ha convertido en un abstruso y, lo que es peor, un inútil juego de palabras sin aplicación a la vida. Se filosofa para mejorar la vida, no para masturbarse el cerebro. Para cualquiera que estudie la física moderna, los sistemas de Kant o Hegel son venerables antiguallas: combinando palabras no se puede salir de ellas, cosa que no desean constatar los profesionales de la palabra. La realidad es más compleja que la palabra y el concepto; con ellos no se describe ni se entiende. Witgenstein y los positivistas se dieron cuenta de ello y quedaron paralizados, aterrados: ¿qué vamos a hacer si no usamos la palabra?

Heidegger entrevió la solución pero no se atrevió a formularla: ir con las palabras hasta donde se puede y luego, para ir más allá, usar la mente con otro método que las palabras. A esta disyuntiva había llegado la filosofía hindú en el siglo VII antes de Cristo: cómo construir un humanismo y una metafísica sin Dios. El budismo y el taoísmo son eso. Por ello, para los que hayan constatado ya la limitación de la palabra y el concepto, me parece adecuado recomendar los “Ensayos sobre Zen” de D. T. Suzuki, sus fuentes -que son Lao-Tse y Chuang-Tzu- junto con los textos del Budismo Mahayana, todo lo cual imbuye la obra de este maestro de la claridad que es Alan Watts. Ahí se puede encontrar un pensamiento que puede cambiar la vida. Leer filosofía occidental es una pura gimnasia mental, como jugar al ajedrez, igual de inútil y respetable, pero baldío.

La teoría del conocimiento, más allá de Hume, solo la puede llevar la neurofisiología, y la ontología solo puede desarrollarla más la Física Cuántica. Ha llegado el momento de que la ciencia tome el relevo de la Filosofía. Excepto en la Ética; por eso Savater, que es el más listo, se dedicó a ella, o Isahía Berlin a la Historia de las Ideas. Por Navidad, menos Platón y más Lao-Tse.