Cuba

Sigo con interés los acontecimientos de Cuba, dada mi predilección por los habanos. El aroma de estas labores no se da en ninguna otra latitud, como el jerez sólo surge, oloroso y suave en Cádiz.

Recuerdo muy bien el día en que triunfó Fidel Castro, la última revolución marxista del siglo XX: estaba yo en una High School de Milwaukee, Wisconsin; uno de mis compañeros subió a la atalaya e izó una bandera cubana. No creo que las gentes del Mid West compartieran el entusiasmo de aquel estudiante, porque la mayoría silenciosa suele ser conservadora, pero la tradición demócrata de EEUU todavía tenía personas que se alegraban de la caída de un dictador, en aquel caso Batista.

¿Qué sentido pueden dar los Castro a su continuidad cuando los demás países comunistas han desertado hacia el liberalismo? Castro no puede ni siquiera apoyarse en China, por la actitud ambigua típicamente china, aunque como gallego y alumno de jesuitas, él es más ambiguo que nadie.

Le queda dar paso a una transición para cuando él falte: quizás sería su decisión más acertada y que le llevaría a la historia como el hombre que puso las bases para la modernización de Cuba, artífice del paso de un país colonial -de España, primero, y USA después- a un estado independiente en pie de igualdad con los más relevantes del mundo.

¿Pero cómo cambiar económicamente sin perder las cualidades humanas preservadas por Castro y que se notan en el pueblo cubano? Ojalá sea posible. Después de todo, Castro intentó abolir la rumba y no lo consiguió.