Lampedusa

Giusepe Tomasi, príncipe de Lampedusa, un viejo caballero siciliano que escribía novelas y cuentos, no había puesto en su vida los pies en esa isla de la cual era Príncipe por familia. Su gran tema literario fue la decadencia de la nobleza siciliana -y con ella la europea en general- tras la unificación de Italia, aunque ésta se realizó bajo el signo de una monarquía. “Hay que cambiarlo todo para que no cambie nada”, es la frase que todos recuerdan.

Pero esa es una frase de escritos: al cambiarlo todo, todo cambió, tanto es así que la aristocracia se fue al traste, como se ha visto. La frase ingeniosa no suele bastar para alterar la realidad y el Príncipe escribió el inexorable declinar de su estilo de vida, y el de sus pares.

Tanto ha cambiado todo que Lampedusa es ahora mismo un nombre de infamia, de desastre, de choque de civilizaciones. El Gatopardo quizás quiso ser el Fin de la Historia (de Fukuyama), pero Lampedusa es el Choque de Civilizaciones (de Huntington). La historia no acaba con la caída del comunismo; la historia sigue porque África es pobre y sin oportunidades, pero su gente ve la tele y las fotos y quiere vivir en Europa. La enorme desigualdad económica desplaza emigrantes hacia Europa y, por casualidades de la historia, van a pasar por Lampedusa. Quizás no sea casualidad, ya que Lampedusa, junto a Malta, está en el mero centro del Mediterráneo.

Es obvio que cabría controlar las salidas en Túnez y en Libia, como parece que España, esta vez sí, consigue hacerlo con la ayuda de Marruecos. El Rey sabe medir muy bien sus viajes, más aun cuando le cuesta andar. Gran suerte o gran acierto que España no se vea envuelta en tragedias como las de Lampedusa. Algo estamos haciendo bien.