Dalí

Que 700.000 personas hayan visitado las 200 obras de Dalí en el Reina Sofía es toda una declaración de principios. Cuando yo quería sondear la solidez cultural y sensatez intelectual de alguien solía usar a Dalí como piedra de toque: los “progres” vulgares izquierdosos de libro no podían ni ver a Dalí al que acusaban de franquista.

Hay que ser muy corto para confundir a un individualista anárquico y libérrimo como Dalí con un facha. Cuando Breton le afeó que Hitler apareciese en un cuadro suyo -por Lenin no le riñieron- Dalí le comentó: “Si Hitler ganase la guerra al primero que fusilaría sería a un tipo como yo”.

La gente quiere ver a Dalí porque, además de pintar como un clásico en cuanto a línea, colores y texturas, el significado o contenido de sus cuadros es un paisaje interior del subconsciente expresado en el paisaje exterior del Ampurdán. Yo le conocí y le traté en sus últimos años y me contó su visita a Freud: el creador del psicoanálisis le hablaba de Velázquez hasta que Dalí dio un puñetazo en la mesa y le gritó “he venido a verle para hablar de mi método paranoico crítico, ¡léase esto!”. Luego Freud en una carta a Stefen Zweig decía: “Acabo de conocer a un español de lo más fanático”.

Dalí quería pintar las visiones oníricas del subconsciente y eso encuentra mucha empatía en el espectador, cansado de arideces conceptuales, ángulos abstractos o instalaciones de fontanería. Él decía ser el “Salvador de la pintura”, descarriada por Cézanne y los cubistas. Es verdad que Cézanne pintaba igual una cara que una manzana y ahí está el pecado original de la pintura contemporánea. Poner formas y colores sobre un plano está bien, pero si además inspiran o sugieren algo, mucho mejor. Igual hay formas y colores en un Goya que en un Picasso, pero ¡qué diferencia de expresión! Con Dalí no se aburre nadie, ni debe esforzarse en que le guste.