El Rey y Marruecos

Será porque ambos son reyes, la sintonía entre el monarca marroquí y el español ya cumple dos generaciones. Y me parece espléndido que la monarquía sirva para esto, porque España tiene un deber -sino una deuda- con Marruecos y debe ayudarle en su desarrollo económico.

Primero porque en base a las economías externas de proximidad, España es el país mejor situado para ayudar a Marruecos. El desarrollo y la riqueza, en Europa nacen en el eje del Rhin, una línea que va de Londres a Holanda, al Rhin y a Lombardía. Ese es el gran eje económico de Europa y por eso Marruecos debe gravitar hacia él, y en ese recorrido están España primero, y Francia después.

Marruecos está siguiendo el proceso que recorrió España para desarrollarse: enviar emigrantes a trabajar en Europa o América, recibir inversiones de capital extranjero para montar industrias o servicios y fomentar el turismo para ganar dinero fácil. Si Marruecos hace eso, se desarrollará como España entre 1953 y 1975. Luego, cambios económicos traerán cambios sociales y políticos, o no, como en China.

Me parece muy oportuno este viaje del Rey como para recordar que hay vida más allá de Bárcenas, un caso que, por repetido, huele más a podrido. Es un “déjà vu” de lo que pasó en 1990 con el felipismo: “Váyase” y el otro no se iba. Y éste no se irá, pero es lógico que el ciudadano mire con asco a esta clase política heredada de la picaresca del XVI y de los cesantes de Galdós, de Cánovas y Sagasta, de los ingenieros de caminos y los abogados del Estado. Y por encima de todos ellos, la prensa y la radio clamando incesantes, pero sin poder arreglar nada. Rajoy dice como el Mariscal de McMahon: “J’y suis, j’y reste” (aquí estoy, aquí me quedo) y nadie lo va a mover con la mayoría absoluta que tiene. Ruido, el que se quiera, ¡pero qué incómodo!, como dijo aquel inglés rescatado de Dunkerque: “Oh, the people, the noise!”.