Brasil

Soy un enamorado de Brasil, tanto que estuve a punto de casarme con una carioca. Quiso el destino que no fuera así, pero mi afición por el país tropical está intacta. Tienen un sistema educativo heredado de Portugal que les confiere valores como sociedad y un nivel de alfabetización aceptable. Inteligencia no les falta.

Les falta reducir las desigualdades económicas que se producen en los países coloniales que lo han sido y luego se independizan. Entonces lo que se llevaba la metrópoli se lo quedan los criollos, convertidos en la oligarquía egoísta, cerrada y sin piedad. Hay diferencias enormes entre ricos y pobres. La clase media está emergiendo, pero falta mucha.

Hay algo que me llamó la atención, como a cualquier europeo que vaya por allí: los ricos viven tras las rejas de sus porterías o condominios. Eso no es normal, delata una tensión que tarde o temprano tenía que estallar y que ha estallado con una excusa: los 20 céntimos del autobús, pero que no es eso. Es la enorme desigualdad. “La gente honrada vive tras las rejas y los facinerosos libres por las calles” dice la paradoja de la desigualdad. Los ricos se protegen con rejas porque saben que están en falso.

Las bolsas de comida de Lula y el fútbol de Neymar -pan y circo- entretienen al pueblo, pero a la larga, una chispa cualquiera enciende el polvorín. Es bueno para Brasil que los jóvenes protesten en la calle; eso ha sucedido en todas y cada una de las democracias -y aun dictaduras- que han progresado durante el siglo XX. Brasil no debía ser una excepción. Con el fútbol y el carnaval no hay bastante. Hay que equilibrar socialmente al país. ¡Y eso que el carnaval es mucho carnaval!