Andreotti

Yo conocí a Andreotti: era como una tortuga decrépita, tan taimada que el legendario Emperador Amarillo escribió los trigramas del I Ching leyendo las grietas de su caparazón. Daba una mano fofa, su cabeza emergía por el cuello de la camisa como si fuera retráctil y se pudiera ocultar. También Deng Shao Ping tenía algo de tortuga, sabio animal que se oculta en invierno.

Lo bueno de Andreotti es que encarnó con su figura lo mejor -y lo peor, según algunos- de la política italiana. Nada que ver con Berlusconi al que “manca fineza” para sucederle. Hay una anécdota poco conocida, que me contó Jose María de Areilza. Éste le preguntó:

– Dígame, Andreotti, ¿desde cuándo manda en Italia la Democracia Cristiana?

– ¡Desde Constantino!

El pacto de religión con política ha sido el esquema director de la historia italiana durante 2000 años. Constantino legalizó una mitología incipiente venida de Palestina y sus sucesores la convirtieron en religión del imperio, con mayor celo el íbero Teodosio que abolió las Olimpiadas y la Escuela de Atenas.

Gibbon escribió en su magistral historia del declive del imperio romano que la Iglesia cristiana fue el espectro del imperio romano. Ese espectro tuvo armas cuando el Papa coronó a Carlomagno en el año 800 como Emperador “Romano-Germánico”, una figura que duró hasta 1800 cuando Napoleón quitó ese título al emperador de Austria.

Luego el Papa perdió sus tierras con la unificación de Italia y no se afianzó un nuevo equilibrio hasta que, tras las convulsiones de Mussolini y la 2ª Guerra Mundial, la iglesia y la política se unieron de nuevo en un partido llamado Democracia Cristiana, presidido por Alcide de Gasperi, con Andreotti como delfín.

El resto es historia reciente: en el refinado laberinto de la política italiana, le salpicó la Mafia y la muerte de Aldo Moro, pero él siguió incólume, metido en su caparazón, lanzando epigramas inteligentes, un oráculo para sus conciudadanos que le admiraban, temían y culpaban a partes iguales.