La sorpresa gay en Francia

Cuando los franceses nos tenían casi convencidos de que África empieza en los Pirineos, vienen ellos y hacen el ridículo con los matrimonios gay. ¿Pero no quedamos que Francia era un estado laico, que había inventado la Declaración de los Derechos del Hombre y que idolatraba a Ives Saint Laurent? ¿A qué viene este revuelo porque la Cámara de Diputados apruebe los matrimonios homosexuales, si aquí ya lo hizo el adelantado, precursor, clarividente Zapatero?

Las culturas tienen estas sorpresas. El voto femenino fue concedido antes en España que en Inglaterra, y que en Francia, creo; y la seguridad social la impuso Bismark en Alemania antes que Keynes en Inglaterra. La paradoja de que un país formalmente cerrado retrógrado como España sea, a veces, más progre que la mismísima Francia, merece una seria reflexión.

No sé de nadie que haya dado cabal explotación de este fenómeno. Américo Castro se enteró de que su apellido tenía connotaciones hebreas y se enfrascó en una demostración histórica de que los españoles somos judíos, moros y cristianos, a la que Sánchez Albornoz respondió escandalizado que los españoles ya éramos españoles en tiempos de los romanos (cosa absurda, por cierto, dado que la idea de España nace con la unificación de los Reyes Católicos, no antes).

La literatura medieval española es tan suelta y pantagruélica como la francesa, y La Celestina no es un invento “gabacho”, sino muy castellano. Para no hablar de Don Juan, que, encima, si hacemos caso a Don Gregorio Marañón, era homosexual y no se casó con Chuti de milagro.

En el curioso “Panfleto contra los franceses”, su autor, que algunos malician fuera el editor de Turner, se explica incontrovertiblemente que el gran teatro clásico francés sale del teatro español (El Cid de Corneille) y la novela picaresca francesa de la española.

Es decir, que el avance cultural de décadas a veces no se sobrepone al de siglos, y quien tuvo, retuvo y el primer parlamento democrático de Europa fue el catalán y por eso el parlamento inglés se llama “Parliament” (de parlar) y no “speakment”, que es como debería llamarse en inglés. Y en latín es loquor, ojo. Total, un poco de autoestima cultural no nos vendrá mal, a cuenta de la reacción de la caverna francesa que no debe ser la de Lascaux sino la de Lourdes.