Fake

El Círculo de Bellas Artes no podía estar más oportuno: acaba de inaugurar la exposición “Proyecto Fake” justo el día que Bárcenas dice que sus cuadernos no son suyos. ¿Quién debe ser el nuevo Elmyr de Hory capaz de falsificar los renglones del tesorero del PP?

Otro ejemplo, por si faltaran, de que, como sentenció Oscar Wilde, “la naturaleza sigue el arte”. Orson Welles basó una película-reportaje –su obra póstuma- sobre las falsificaciones de Hory que nos impresionó en 1972 por su magia metafórica y porque ponía en cuestión el montaje del arte comercial. He aquí una muestra: el marchante Fernand Legros, socio de Elmyr de Hory en su industria de falsificaciones (por cierto, este señor era húngaro como la mayoría de los grandes prestidigitadores, magos e ilusionistas), llevó a Picasso uno de los dibujos imitados por el virtuoso húngaro para que lo autentificara y, ante la duda, el artista malagueño dijo: “¿Y dice usted que alguien ha pagado por esto 100.000 dólares? Pues si se ha pagado tanto debe ser mío, claro”. O sea que a Picasso no le interesó comprobar estilísticamente si era suyo o no, con el precio tuvo bastante para autentificarlo. Es lo que está pasando en el arte moderno: “Todo necio confunde valor y precio”, como advirtió Machado.

Me interesa más la vertiente pictórica que la política. Las falsificaciones o no, menos en algunos casos, de Bárcenas pasarán a engrosar el pudridero de El Escorial de la política española, en tanto que la perversión del arte por el mercado es letal para la catarsis de la sociedad. El arte es el lenguaje de las emociones y fomenta estados de ánimo en el ciudadano. Cuando suena la música del ocaso, dicen los chinos, el estado pierde el mandato del cielo. Si el arte se vende y se corrompe, se falsifica, la sociedad estará enferma y se corromperá. Sobre todo ahora que ya no se cree en la religión como baluarte ético.

Ha querido la sincronicidad de Jung que Hory y Bárcenas se encuentren en el tiempo. A mí me gusta intuir entre ellos un secreto vínculo de causalidad. Pero Elmyr de Hory acabó en la cárcel y luego se suicidó; en política no llegará la sangre al río de la plata, pero sí debería llegar la transparencia a sus aguas turbulentas.