Para quimera, Carrillo

Convertir a Carrillo en un padre de la democracia es una repelente paradoja de las que irritaban a Unamuno. Es tan grotesca como el “Viva la Muerte” de Millán Astray. ¿Nos hemos preguntado dónde estaría la democracia si Carrillo y los suyos hubiesen ganado unas elecciones? ¿Qué hicieron los comunistas en Hungría o Checoslovaquia?

Que una porción de intelectualoides izquierdosos como Sartre o Vázquez Montalbán bailaran el agua a Lenin y Stalin se está aceptando aún como normal cuando es una aberración monstruosa. Eso sí que es una quimera: un comunista demócrata, un intelectual comunista. El último que lo ha explicado devastadoramente es Tony Judt en su ensayo “Reaprisals”. No se lo pierdan, es un prodigio de sentido común e información.

Y sobre Carrillo debo recordar que en el libro de José Luis de Vilallonga sobre “El Rey”, éste le cuenta que envió a Colón de Carvajal a Ceucescu -nada menos- para que sondeara a Carrillo sobre sus intenciones en la transición. Lo que saliera de ahí lo sabían Carrillo y el Rey, pero como escribió Claudin, Carrillo no se apeó del coche con chófer desde el 45.

Que cuando alguien se muere aquí en España “el coro de ranas que cantan a la Luna” prorrumpan en acríticos elogios, es la tónica normal en este país cainita que te has de morir para que dejen de envidiarte, pero ni el morirse es motivo para que los juicios sobre el fallecido sean parciales. Hay difuntos encomiables y hay difuntos canallas. Quien mejor ha explicado el carácter canallesco de Carrillo es Carmen Grimau, hija del asesinado resistente antifranquista. Comparar a Carrillo, que no se acercó por España hasta que murió Franco, con Grimau, resulta estremecedor. Como muestra esta frase digna de Albiac: “Y el rostro entumecido y los ojos negros de mi padre, Julián Grimau, esperando que el tercer tiro de gracia acabara con su vida. Porque hicieron falta tres tiros de gracia para matarle. Diferencia”. Descanse en Gulag, Santiago Carrillo.