Nominalismos

Sabido es que los musulmanes tienen marcada afición a confundir la realidad con las palabras. Algo similar a los escritores que declaran: “Yo vivo en el lenguaje” o “Para mí la realidad es el lenguaje”. Con decir una cosa o darle vueltas en diversas conversaciones de sobremesa, ya no hace falta viajar a Egipto: ya fuimos allí en nuestros planes, en la conversación. Conozco gente que vive así y les parece normal. Allá ellos.

Como los españoles somos una porción de bereberes que emigró del norte de África en la Prehistoria y, al quedarse en la Península, se les pasó a llamar íberos, resulta que una gran cantidad de españoles se suele comportar como moros y propende a confundir la realidad con las palabras.

¿Qué coño importa si es rescate, ayuda, restauro, reparación, desempeño, desquite, redención, pacto de retro o interdicto de recobrar? Aquí lo que hay es que nos prestan 100.000 millones de euros al 3 por ciento a devolver en 15 años a partir del 2017. Con ese dinero los bancos pueden sanear sus balances y empezar a prestar de nuevo a los empresarios para que la economía se reactive y suba la renta nacional.

En vez de ponernos a saltar de alegría, dar las gracias y suspirar aliviados, en este país de ignorantes, cainitas, quejicas y masoquistas adictos a la desgracia, empiezan a lamentarse, indignarse, recelar, poner peros, recordar a Viriato y la sagrada soberanía patria, hasta que ese préstamo que nos salvará parece una desgracia o una vileza y casi una afrenta. ¿Cómo se puede ser tan ignorante?

Dice Luis Amiguet, que no es nada ignorante, que: “Un país es lo que no cambia después de que cambie su gobierno. Así que debemos construir uno nuevo entre todos. Y rápido. O nos lo impondrán.” Bueno, ¿y qué? ¿Es que cuando enfermo y voy al médico, éste no me impone el remedio? ¿Qué hay de malo en que quien sabe más y te puede sanar, te imponga la cura?

Regocijémonos y que los bancos presten a las pymes, y que el Banco de España controle el coeficiente de liquidez de los bancos comerciales y que se pare ya de prestar a la construcción, que es el tumor de la economía española: que se preste a la industria, la agricultura, los servicios, pero no al ladrillo, que debe ser la consecuencia de una bonanza económica, nunca su causa. No empecemos la casa por el tejado. Y regocijémonos, aunque lo haya conseguido el PP.