Tres películas magistrales

Son tan buenas cada una, y tan distintas, que no sabría a cual quedarme. “El Artista”, “Caballo de Batalla” y “Hugo”. La primera se ha llevado los Óscars en masa, como suele ocurrir cada año, parece que prefieran no repartirlos. Quizá la Academia de cine, que son gente que vive en Los Ángeles y por tanto muy poco cosmopolitas y algo pueblerinos, se han deslumbrado ante un Hollywood tal como les hubiese gustado que fuera a los franceses: muy “art deco”, entusiasta, glamuroso y moderno.

A mí esa película que basa su atractivo en ser cine mudo, me pareció deliciosa con su buen guión y mejores actores, él, Dujardin, salido de la escuela del mimo francés que inició Etienne Decroux, siguió Jean Louis Barrault y continuó Marcel Marceau, que fue maestro de mi querido amigo Albert Boadella. Pues Jean Dujardin óscar al mejor actor viene de ahí, pues se expresa sin palabras. Película tierna, melodramática, vivaz y deliciosa. Incluso acaba bien, ¿qué más se puede pedir en esta época de películas broncas, violentas, tarantinas y tristes?

“La Invención de Hugo” nos trae un Scorsese en 3D contando la vida secreta del genial Melies, el que filmó “Viaje a la Luna” en 1910 y que, por lo que se ve en la película, fue un surrealista “avant la lettre”. Hay imágenes que podría firmar Dalí o Magritte. Para mí Scorsese no es un gran director, le falta genio. Es un hombre con oficio, erudito del cine, pero sin el toque de gracia de la inspiración. Aquí busca la belleza formal y la consigue y logra crear un mundo, el de la estación parisina, que es un mundo encantado y eso es muy difícil. Crear un mundo creíble es el propósito del arte y si de paso contamos una historia hermosa de un genio –ese sí- olvidado como Georges Melies, el pre-rafaelita del cine, miel sobre hojuelas.

Fue Spielberg, el gran maestro del arte del siglo XX, quien me llevó a la catarsis que buscaba el teatro griego y que hoy día se consigue en el cine. Me senté a mirar y Spielberg con sus movimientos de cámara, el paisaje inglés, la tierna historia del niño que amaba a su caballo, la simplicidad homérica de la pobre granja pedregosa, la epopeya de la I Guerra Mundial, la épica supervivencia del caballo y todas las complicaciones que introduce, como está mandado, el guión, con sus momentos de nobleza, altruismo, bondad y su impresionante desenlace, me fueron poseyendo hasta generar en mí la emoción y con ella la catarsis. ¿Se puede pedir más por siete euros?