Copenhague en Irán

Hace unos años asistí en Londres a la obra teatral Copenhaguen, basada en la visita del físico nuclear Werner Heiselberg y al padre del modelo atómico Niels Bohr, durante la Segunda Guerra mundial. El tema de su conversación no era baladí, pues se trataba de dilucidar si los alemanes tenían la bomba atómica, o si no, cuándo podían conseguirla. Luego Bohr pasaría esa información a los aliados.

Lo recuerdo porque ahora estamos en las mismas: ¿tienen los iraníes bomba nuclear o todavía no han llegado, y si no, en qué estadio están?. El tema preocupa, y con razón, a Israel, que podría sufrir las consecuencias de un misil nuclear en primera línea. Preocupa a España porque el 14 por ciento de nuestro petróleo viene de ahí, y preocupa a la comunidad internacional por la posibilidad de una guerra, que contra Irán no sería un paseo como Irak.

Pero volvamos al teatro: Heisenberg, un apuesto y brillante físico, autor del Principio de Indeterminación, que no de incertidumbre, y de la mecánica cuántica matricial, visita a su mentor y amigo Bohr, el patriarca de los congresos de Solvay donde se reunían los físicos atómicos antes de la guerra, para intercambiar libremente sus descubrimientos sobre el átomo. Bohr propuso la estructura del átomo como un sistema solar en miniatura, con el protón y neutrón en el sol y los electrones girando entorno al núcleo como los planetas del sistema solar. Los ingleses Ruthford y J.J. Thompson habían abierto el camino hacia la averiguación de la estructura atómica y Bohr le dio su forma más intuitiva.

Lo de Heisenberg fue mucho más abstracto con su cálculo matricial y su hipótesis de que la observación modifica lo observado, lo cual fue el golpe de gracia o de muerte, si se quiere, a la objetividad científica, ya que si el sujeto observador modifica lo observado, no hay separación mecanicista, sino interrelación cuántica.

Cuando estalló la Segunda Guerra, la suerte estaba ya echada sobre la bomba atómica: la idiocia racista antisemita de Hitler, había empujado el exilio a los mejores científicos alemanes, austríacos e incluso el italiano Enrico Fermi, inventor de la pila atómica y autor material, con Openheimer y “tutti cuanti”, de la bomba atómica americana.

Los aliados querían saber cómo estaba la investigación y fabricación de la bomba atómica en Alemania y el que mejor podía saberlo era Heisenberg que, junto a Von Weiszaker, fue uno de los pocos grandes físicos atómicos que no abandonaron Alemania. ¿Qué le contó a Bohr en su fatídico encuentro de Copenhagen? No se sabe a ciencia cierta y la obra de teatro tampoco se compromete, pero creo, por algo que he sabido luego, que no debió ser explícito.

Cuandolos aliados  entraron en Alemania, hicieron prisioneros a los mejores físicos nucleares que quedaban allí y los detuvieron en Farm Hall, un “manor” del dieciocho cerca de Cambridge. Pues bien, esa casa fue adquirida por Marcial Echenique, profesor de urbanismo en Cambridge y buen amigo mío, que me consiguió una “by-fellowship” para pasar un curso en Churchill College. En ese año visité asiduamente Farm Hall y Marcial me mostró los restos del cableado que el MI5 había montado en la casa para escuchar las conversaciones de los físicos alemanes prisioneros y asegurarse de si Hitler tenía la bomba atómica o no. Fue que no, pues están grabadas las reacciones de asombro de Heisenberg y Otto Hann cuando oyeron la noticia de Hiroshima.

Se puede especular si Heinsenberg no construyó la bomba porque, siendo un caballero y un humanista, no quiso poner esa arma en manos de Hitler, o si fue por falta de materias estratégicas para su fabricación o porque el propio Hitler estaba más volcado con los cohetes V-2 que en la energía atómica. Sea como fuere, los exiliados alemanes judíos, dirigidos por Openheimer y ayudados por genios como Einstein, Von Newman, Fermi, Sziland y el nutrido equipo de Los Álamos, fabricaron la bomba atómica y cambiaron el curso de la guerra.

Ahora Israel no quiere asumir riesgos y adopta una estrategia de terrorismo preventivo, liquidando científicos nucleares iranís, que no deben ser tantos. El procedimiento es condenable, pero comprensible como mal menor. Si Persia les ataca con cabezas nucleares,el holocausto sería tremendo. Y Persia no es Irak, donde nadie se podría creer que la tecnología estuviera al nivel de crear armas de destrucción masiva. Lo que fue una mentira de los neocons para desatar la guerra, en el caso de Irán no es tan evidente, pues su tecnología está mucho más avanzada y podrían llegar a crear cabezas atómicas.

Israel les ha aplicado a los persas la táctica inventada por el persa Hassan Sabah, jefe de la secta de los Hashisins, que “asesinaban” –de ahí vino ese nombre en Europa- de modo puntual a personajes claves de Oriente Medio en el siglo XII. Ahora nadie quiere una guerra pero, como decía Cavafis, podría ser una solución después de todo, vista la magnitud y persistencia de la crisis. Dios, ni Allah, no lo quieran.