Terapéutico Rajoy

Viene Rajoy a restañar las heridas de una clase política escaldada por la inconsistencia e ignorancia de Zapatero y me doy cuenta, al escuchar las reacciones al discurso de investidura que esta clase política parece no necesitar a ZP para ofrecer un ínfimo nivel. Oigo al portavoz del grupo parlamentario socialista: “El discurso ha sido ambiguo, sin precisión, poco concreto, indeterminado”. El señor Alonso en vez de cambiar de idea, cambia de sinónimo, pero sigue en la misma idea, la única, al parecer que le ha provocado el discurso.

El portavoz de CIU dice algo así como: “No ha dicho nada sobre cómo solucionar el paro, sólo ha hablado de impuestos, déficit y reforma laboral”. Si la reforma laboral nada tiene que ver con el paro, ¿a qué universidad ha ido este señor? Luego los vascos y Durán advierte del giro recentralizador que pueden entrañar los acertijos y reticencias de Rajoy.

Esquerra el más divertido, como siempre, dándole una carta al Rey -¿su carta de Reyes?- en la que le piden “salir del reino de España”. A lo peor yo soy un anglófilo irrecuperable y pervertido por la inteligencia de Churchill y Disraeli, pero todo esto me da un nivel muy bajo en los representantes del pueblo español, tanto los que se quieren ir, como los que quieren quedarse ( y encima quieren que los otros no se vayan ).

Necesitamos calma, serenidad, manejo de los tiempos porque como decía Madariaga, otro gallego ilustre ninguneado en España –no sabe nada en cuatro idiomas, decía de él Unamuno- la sabiduría es un don de acción y lo importante en la acción el “timing”, o sea la oportunidad del momento en que se realiza.

La serenidad de Rajoy, su manejo de los tiempos, su discreción, casi sigilo, son terapéuticos para una nación en estado de alarma y sobresalto. Lo cual no se contradice con la firmeza en las medidas que haya que tomar. Y aquí, en mi opinión, tendrá que ser maquiavélico, es decir, seguir el manual de Maquiavelo: “Lo malo de entrada y de golpe; lo bueno poco a poco”. O sea que las medidas más difíciles deberán ser en los cien días para que la gente las acepte como mal necesario, obligado por la coyuntura mundial. Luego ya escampará. Como escribía Ho-chi-min: “Después de la lluvia, buen tiempo”.