La sombra de Dios

Cuando llega la época del cambio de hora, me invade una inexplicable melancolía, porque, ¿qué más da funcionar a las dos o a las tres de la noche de difuntos, que es cuando cambia la hora?

Para empezar, lo correcto en España sería no andar con una hora menos en Canarias. Son los canarios los que van bien, no la península. España va con la misma hora que Berlín, cuando debería ir con la de Londres siguiendo al meridiano de Greenwich. ¿Pero quién ganó la guerra, los ingleses o los alemanes? Pues, ¿qué hacemos con los alemanes?

Nadie en su sano juicio me ha sabido explicar qué se consigue con que las tres sean las dos. ¿Ahorro de energía? Cada vez que intento entender qué se gana y se pierde con hacer salir el sol antes, no lo consigo. Prueben de razonarlo y verán que no se llega a ninguna conclusión. Entonces, ¿por qué lo hacen? Supongo que para recordarnos que apaguemos la luz, que se debe procurar ahorrar energía.

Un cuidador de monos de China tenía varios de ellos alimentados con plántanos: les daba cuatro a las siete de la mañana y cinco a las ocho de la noche. Los monos, por algún motivo se cansaron de la dieta y exigieron un cambio. El cuidador les dijo: os daré cinco a las siete y cuatro a las ocho, con lo que los monos se quedaron tan contentos. Como nosotros, vamos.

Pero sí que hay un elemento objetivo, para mí, en esta relatividad de cambios otoñales de horario. A partir de un cierto día, cercano al de Difuntos, caen las hojas y el paisaje queda despojado, austero, yermo, frío. El sol, cambiemos o no la hora, sigue bajando día a día hasta el 21 de diciembre en que volverá a coger altura, ese día de Navidad en que se celebra el renacimiento de la luz personalizado en el señor Jesucristo para los cristianos. Otros la llamaban Osiris e incluso Atón como el hereje Akenatón que según Freud inventó el monoteísmo.

Que desde luego, si hay que escoger algo con Dios, el sol me parece lo más razonable y su luz la energía benefactora o gracia divina. Y me parece frívolo cambiarle a Dios las horas. Einstein que sabía de eso, cuando le preguntaron qué era la luz, contestó: “La sombra de Dios”.