Revueltas

Cuando el primer ministro le anunció a Luis XVI los sucesos de La Bastilla, el Rey inquirió

–   Así que es una revuelta?

–   No Sire, es una revolución

Y la cosa acabó con su cabeza y con la milenaria monarquía francesa. Moraleja: hay que saber distinguir entre una revolución y una revuelta, máxime si uno es Rey, pero considerando que su mujer María Antonieta había preguntado

–   Qué quieren esas gentes?

–   No tienen pan, Señora

–   Pues que les den brioche

Se comprenderá que la cosa acabara fatal para la real pareja.

Lo que tienen en Inglaterra no es una revolución, sino una revuelta y, desde luego, la cabeza de “our own dear queen” no corre ningún peligro, pero lo que no tiene remedio es que estas revueltas estallen sin que se sepa a ciencia cierta por qué y se acaben cuando tampoco se puede calcular. Y ello es así porque estas revueltas son como válvulas de escape que dejan ir vapor en una caldera caldeada en exceso.

¿Hay modo de que la caldera no se caldee hasta soltar vapor? Nadie lo ha encontrado. Los suburbios o incluso los barrios centrales pobres en metrópolis francesas, norteamericanas o inglesas, han estallado periódicamente  desde los disturbios de Los Ángeles, París y ahora Londres. Como nadie sabe por qué ni cuándo, es imposible preverlos o imperdirlos.

Por supuesto el porqué nos parece obvio: malestar social de una juventud de  barrios pobres que se manifiestan violentamente, como un ciudadano privado, exasperado y de mal humor, le da una patada a una lata en la calle o tira un televisor por la ventana. En la revuelta son cientos que patean, destruyen y acaban robando. Y se manifiestan así porque sus expectativas de mejorar el nivel de vida a medio plazo son nulas.

Ésta no es una sociedad de castas, como lo hindú, ni estratificada como la medieval, sino abierta, prometiendo la posibilidad de escalar niveles por méritos propios, de enriquecer al “self made man” que se lo trabaja. Pero si esa posibilidad, que a veces adquiere el poder de un mito, no se ve factible, o no se cree en ella o, inclusive, no se antoja deseable, entonces la joven generación está ante el muro de un callejón sin salida y se revuelve, patea el muro y destroza el callejón, robando tiendas si las hubiere.

Es obvio que se minimizan las probabilidades de revuelta dando trabajo, empleo y movilidad social a los jóvenes por medio de la educación y la inversión empresarial. La educación –mal o bien- está ahí, pero los buenos empleos necesitan épocas de bonanza económica. Y como no es el caso, pues está el horno para bollos.