La dimisión de Camps

Ha pillado con el pie cambiado a más de un socialista que desde las tropelías de Felipe González no se acuerda de cómo se practica la cultura democrática de la dimisión tal como se conoce en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos. Aquí no dimite nadie, me he cansado de escribir y ahora que Camps lo ha hecho, debo hacerlo notar y congratularme. No de que haya tenido que dimitir por tres trajes, cargo grotesco, sino de que haya querido dimitir para protestar contra su persecución mediático-política.

Cuando tuve un cargo público pregunté a mi gerente que regalos podía aceptar sin quedar mal, me indicó que aquellos de cuya cuantía no se pudiera suponer que era una compra de mi voluntad para conseguir alguna prevenda. ¿Bastan tres trajes, aunque sean de Brioni – y por las fotos no lo parecen, más bien parecen de Cortefiel – para sobornar al presidente de una autonomía? Si así fuera, ¿dónde situamos los cruceros en el yate Azor del inefable González y los regalos de Chávez a sus hijos?

El aferramiento al cargo que muestran los políticos casi sin excepción –Oliarte es una honrosa excepción- da que pensar: algo importante hay en el cargo que les impulsa a luchar por él con uñas y dientes. ¿Es el dinero, es el poder, es la gloria?, porque no será el bien de España supongo.

Desde luego para personas sin carrera como Leire Pajín o sin oficio ni beneficio como ZP, el sueldo de su cargo político es muy superior al que les asignaría el mercado laboral. Así como en la Edad Media la Iglesia era el único ascensor de movilidad social para las personas no aristocráticas, en el siglo XXI en España, la política es el gran factor de movilidad social para escalar las alfombras del dinero y si no que se lo pregunten a Montilla o mejor aún a su mujer que ostentaba ocho cargos -¿o eran doce?

Trepando por la escalera de un partido se acaba ganando mucho más dinero –y consideraciones- que con dos carreras universitarias. Una vez arriba al no ser un profesional competente en alguna carrera, ingeniero por ejemplo, perder el puesto es perder el sueldo. ¿Por qué no se montan unas oposiciones a político tan exigentes como a notario? Como mínimo deberían ser tan duras como las de registrador de la propiedad.