El adiós a la ceja

La renuncia de Zapatero a ser candidato era la crónica de una muerte anunciada, creo que entra dentro de la normalidad democrática y que, por lo tanto, no es ninguna proeza ni pone al PSOE en el centro del tablero político como algunos han escrito y el propio ZP parece creer.

Es lo que tiene ser presidente sin haber trabajado antes en el mundo real, la carrera de ZP se limita a lo político : elecciones y escaños, sueldos de diputado y encuestas de opinión o valoración. Su forma de contacto con la realidad ha sido, por lo tanto, el decreto ley. La magnitud y realismo de la crisis económica él los trató como a los resultados de una encuesta : “ya diré lo que mejor se ajuste a los gustos de la gente”.

Pero una crisis no es una encuesta contraria, es un tsunami que se lleva por delante a tirios y troyanos, al PP o al PSOE, sin importarle el color del partido. Mala suerte para ZP que le haya tocado el tsunami financiero del cual él no tiene culpa, pero sí la tiene por no saber surfearlo. Se necesita una tabla, equilibrio, destreza y conocimientos para mantenerse en la cresta de la ola. A Zapatero le han faltado conocimientos de economía.

Para evaluar el calado de la crisis que se le venía encima, su título de abogado no era suficiente, hacían falta más asignaturas, al menos una carrera de económicas para saber distinguir lo real de lo legal, lo que se controla por decretos y lo que necesita reformas estructurales o planes de emergencia.

Todo esto me lleva a la conclusión de que debería regularse el acceso de las personas a la política como ahora se regula el acceso a un quirófano de los que practican la medicina, o de los arquitectos a una obra. Porque cuando los políticos eran ciudadanos que aparcaban su oficio durante cuatro años para representar a los demás y al acabar su mandato volvían a casa y a su trabajo habitual, no tenía sentido crear una carrera de político, pero si los políticos deciden, como decía Fraga, que no saben hacer otra cosa y piensan pasarse la vida de políticos, viviendo de su escaño y de su cargo, entonces es razonable que a estos altruistas que sacrifican su vida al bien común y al buen gobierno, se les eduque con una carrera universitaria como políticos. Y en ella deberían aprender inglés, economía, derecho, más un curso sobre Talleyrand, Disraeli y Churchill. A Mazarino y Maquiavelo podrían saltárselos, pero no a Hobbes.