La X era Cantinflas

Cuando trabajaba en París, Aznar ganó las elecciones de 2000 y una tele me entrevistó. El periodista, con la suficiencia habitual de los progres me preguntó si Aznar no me parecía Charlot. Puede, del mismo modo que Felipe González me recordaba a Cantinflas.

Tuve que explicarle al francés que Mario Moreno era un cómico mejicano de cinturón flojo y pelo encrespado que lanzaba monólogos interminables en que conseguía no haber dicho nada. Eso hacía González en sus discursos: además de errar en la sintaxis de sus frases, cuando uno los leía no encontraba ni ideas ni argumentos ni un propósito. Era un mero bla, bla, bla.

Yo aprendí a escribir leyendo a Ortega y Gasset; a Ortega se le entiende lo que quiere decir y si no tiene algo que decir, no escribe. Felipe no tenía nada que decir, pero se veía obligado a hablar: el resultado fue Cantinflas: “A nivel de respuestas no podemos acatar la regla de incompatibilidades que nos marcan los contextos de geometrías variables”. Luego venía Guerra y aclaraba: “El que se mueva no sale en la foto”.

El ególatra González ha decidido morir, como el pez, por la boca, contando, cómo Sánchez Dragó, cosas que no tenía por qué airear. Sobre todo por su propio interés, porque reconocer que es la X de los Gal, le puede llevar a la cárcel. ¿Por qué contestó al retorcido Millás esa barbaridad? Chochea, dicen unos, está enloquecido pero con el Alzheimer en el ego en vez de en el cuerpo, creen otros. Quiere volver, avisan algunos.

A mí, desde que leí sus discursos sin lograr entenderlos, el personaje me pareció un charlatán de feria que hacía los recados a Mitterrand y a Kohl, hasta que un día le oí decir a Sor Iñali que del Gal se había enterado por los periódicos. Esa respuesta no la puede dar un hombre inteligente pues en el momento que Sor Iñaki calló, los demás podíamos decir: “Usted es un embustero o un inepto. Si miente se ha de ir por mentiroso y si no, por incompetente, al no saber lo que se hace bajo su tutela. Sobre todo tratándose de crímenes, secuestros y torturas”.

Desde ese día consideré a González un insulto a la inteligencia y decidí combatirle para que España no se convirtiera en una dictadura bananera camuflada de PSOE. Así que apoyé a Charlot, a pesar que, de niño, me hacía reír más Cantinflas.