El Papa en Barcelona

La inminente visita de Benedicto XVI a Barcelona tiene un motivo principal de lujo: certificar la culminación de la Sagrada Familia. Contra las necedades de arquitectos racionalistas o envidiosos, que pretendían dejar el templo como una ruina con sus cuatro torres y nada más, la fundación que lo impulsó ha insistido en completarlo.

Bonito ejemplo en la era del materialismo, de la sociedad opulenta, del ateísmo militante. Acabar una basílica cuesta decenios, a veces siglos. Tal es el caso de la Sagrada Familia, comenzada –más bien continuada- por Gaudí a principios del siglo XX, parada desde su muerte y la Guerra Civil y reanudada heroicamente en los años setenta.

El Papa viene a consagrar este templo espectacular, emblemático y, ahora, turístico. Gaudí quiso plasmar en él los símbolos de la liturgia cristiana, (liturgia significa magia de la piedra: litos, teúrgia) que él estudiaba como hobby, pero además quiso colgar en las torres campanas tubulares de treinta metros de largo para despertar Barcelona con un carrillón gigantesco que nos pusiera en onda con las vibraciones espirituales. Al menos modular las emociones hacia estados serenos y gozosos, ya que la música, en este caso tintinabular, es el lenguaje de las emociones.

¿Cómo se verá este Papa en el surrealismo litúrgico gaudiniano? ¿Qué berrinche cogerán los arquitectos “progres” naufragados en el racionalismo le corbuseriano que se encalló en Bellvitge? Yo que no soy sospechoso de proselitismo, porque soy taoísta, creo que el gesto del Papa es muy de agradecer por los barceloneses y que tranquilizar la falsa conciencia progre protestando contra su visita es otra triste cacerolada de burgueses con mala conciencia, de esos que se van a África en caravana a prodigar limosnas para que luego el fisco, o sea todos, tengamos que pagar su rescate.

Yo, desde mi eremitorio taoísta recibiré al Papa con un Pax Voviscum y me alegraré de que el sueño prodigioso de Gaudí sea consagrado y completado. Pero exijo las campanas tubulares que el genio proyectó para las torres, cuyas viseras son para dirigir el sonido hacia la ciudad.