El Papa, el Ave y la Sagrada Familia

La última vez que el Papa, a la sazón Juan Pablo II visitó Barcelona, tras una vodevilesca comedia nacionalista de si el Papa debía dormir o no en Barcelona, se produjo un cataclismo “natural”: se desbordó el río Segre, inundó la Seo de Urgel, destruyó el Pont de Baz, alzado en el año 1000 por el obispo San Armengol, que era literalmente pontífice, y murieron dos monjes en la montaña de Montserrat.

Así son las cosas, comprenderán que lea con aprensión la noticia: “La tuneladora retomará sus trabajos a principios de septiembre. Por entonces faltará poco más de dos meses para la visita del Papa a Barcelona, en la que prevé consagrar el templo y convertirlo en basílica el 7 de noviembre”.

Por una fatalidad que ni a los despiadados Parcas de la tragedia griega se les hubiera ocurrido urdir, la línea del AVE ha tenido que ir a parar justo por debajo de la Sagrada Familia. ¡Mira que Barcelona es grande! exclaman atónitos los que preferirían no exponer a la joya de Gaudí a un socavón en sus cimientos. Pero la lógica matemática ingenieril no concede tregua y el AVE pasará por debajo de la Sagrada Familia.

Sólo nos queda rezar para que el Espíritu Santo conceda su “baraka” al Papa Juan Pablo II para que no se desencadenen sucesos inesperados en su esperada visita. El London Review of Books dedica este mes una reseña a un libro sobre el Papa, no apta para menores, donde la ironía inglesa, antipapista, claro, como desde Enrique VIII, se despliega con todo su esplendor de sarcasmos.

Pero no seré yo quien se cebe con el Papa, no porque aún sea católico, que dejé de serlo tras confesarme cinco veces de tocar a mi novia, y ahora soy taoísta; no, sino porque creo que tener una religión es mejor que no tenerla y no me convencen los heroicos alegatos de los agnósticos sobre la valentía y nobleza de no creer en nada. Mandangas. Los más inteligentes físicos cuánticos: Heisenberg, Schroedinger, Bohr, incluso Einstein, han intuído lo numinoso, que existe algo más allá de la materia, que Dios puede ser la energía universal que danza por el cosmos materializándose en sus infinitas formas y colores.

Ahora, si cuando viene el Papa, se nos hunda la Sagrada Familia, seria como para no creer en nada. Dios no lo quiera.