La boda sueca

Mi buen amigo Antonio de Senillosa me insistía que yo debía ser monárquico por razones estéticas. En realidad lo era por tradición paterna –que no materna- y por sentido común para el relevo de Franco.

Cuando Senillosa decía motivos estéticos, yo, que he estudiado a fondo a Frazer y a Campbell, entendía simbólicos. Leemos en “La Rama Dorada” de James Frazer que, en el orígen paleolítico de las monarquías, el rey era rey porque se autoinmolaba para regenerar ritualmente la vitalidad de su pueblo cuando ésta decaía o bien cada X años. Luego decidieron que se inmolara otro y luego un bicho, el chivo expiatorio. De ahí nacen las corridas de toros, que son la inmolación de un ser que representa la fuerza vital para dársela al pueblo. Es el mito del redentor: Osiris, Orfeo, Dionisio, Krishna, Jesucristo.

Jesucristo, perteneciendo a la estirpe de David, sería el último rey que se inmola por el pueblo. De todo eso queda muy poco, pero ese poco incluye el aura sacramental, numinosa, ritual de la monarquía y ese aspecto es irrenunciable si algo ha de quedar de sus orígenes míticos y religiosos. ¿Se mejora la mitología de la monarquía descendiendo hacia el pueblo, como la princesa Victoria de Suecia con su preparador físico, o se enturbia la estética que según Senillosa es consustancial a la monarquía?.

Entre casarse solo con hermanos como practicaban los faraones egípcios para mantener la sangre real, el manido “sang-real” del Código da Vinci y mi amigo Richard Leight, que lo identifican con el “sant grial” del mito parsifalesco y casarse con cualquiera, debe existir un término medio que los miembros de las casas reales podrían mantener, porque el tema del matrimonio está dentro de sus obligaciones profesionales.

La princesa Victoria de Suecia ha agradecido al pueblo sueco el haberle dado su príncipe. Tras nueve años de insistencia apoyada por el pueblo, la casa real sueca accedió a su boda con el profesor de preparación física. Un triunfo sonado de la gimnasia sueca.