Los Bilderberg muy Cerca

He sido aficionado a las teorías del Gobierno Mundial, de las conspiraciones e incluso de Armagedón, pero la realidad reiteradamente estéril ha dado al traste con mis ilusiones: el mundo no acabó en 1984, ni en 2000 y ya no espero nada del Calendario Maya.

Pero este fín de semana un rayo de esperanza se ha colado por las murallas de mi desolado conformismo. ¡De haberlas, haylas! una sociedad secreta se ha reunido en Sitges y no han revelado quién asistió ni qué hablaron. Así me gusta, eso es una sociedad secreta y no los masones, los rotarios o los kiwanis.

Se sabe que fueron un centenar de personas, se dieron varios nombres, Moncloa ni negó ni afirmó, la casa real tampoco; Solana estaba en todas las quinielas, como Kissinger, un carril especial desde el aeropuerto, transitado por limusinas negras de cristales opacos y ni palabra sobre los debates. Como ha de ser.

Desde luego si ZP fue por allí me lo imagino como a Tom Cruise en “Eyes Wide Shut” de Kubrick, en aquella fiesta supersofisticada donde se mete de rondón por culpa de un músico y está a punto de salir malparado.

Me gusta que existan los Bilderberg y la Trilateral y los Templarios y el Gobierno Mundial porque si las cosas van como van, planeadas por estos grupos de poder, ¡cómo irían si estos no existieran!. Las crisis serían terroríficas, no capeables con ajustes de cinturón como ahora.

Se duerme más tranquilo pensando que, en vez de dejar al dichoso “mercado” que controle nuestra suerte, haya cien personas notables que se reúnan a coordinar sus ganancias, sus cuotas de poder, cuándo hay que salir de la Bolsa, cuándo entrar, cuándo comprar oro, etc… incluso cuándo salir de Irak o cuándo entrar en otro sitio.

Dado que la realidad está basada en el más puro azar, en la mutación de los genes, en la desintegración radioactiva del átomo, en los efectos catastróficos del aleteo de una mariposa, si no pusiéramos los humanos un mínimo de planificación, de conservadurismo, aquí no quedaría nada. Ya que las Naciones Unidas son como una obra de Kabuki escrita por un paralítico, al menos que decidan sobre el bienestar y la paz del mundo el grupo de gente que, de verdad, lleva las riendas del poder. Porque cómo confió el genial Gore Vidal: el poder, cuando es realmente poderoso, se vuelve invisible.