¿Abolir los Toros?

En el segundo toro, Ordóñez, se fue al centro de la plaza y citó por naturales. No con el toro a un metro, como hacen la mayoría, sino con el toro a diez o quince metros. Entonces el toro arrancaba, ganaba velocidad y él, en vez de dejarlo pasar por debajo de su capa –como hacen los mediocres –se la ponía delante, muy baja, casi en el suelo y en los dos metros de recorrido que abarcaba su brazo extendido hacia delante, frenaba el toro (parar), lo ponía a la velocidad de su brazo (templar) y lo sacaba hacia donde quería ponerlo para el siguiente natural (mandar). Siempre citaba de lejos, lo cual es más peligroso que de cerca. Pues bien, en esa desaceleración del toro, desde la velocidad de su embite, hasta la lenta marcha con que sigue, embebido, la muleta; en esa  caída, de lo bestial a lo humano, de lo vertiginoso a lo pausado, surge el vértigo interior de la emoción, y con él, el grito de ¡Olé! que acompaña la desaceleración del temple.

¿Cómo no lo había sentido antes?. Pues porque no había visto torear a Ordóñez. Para culminar la faena se ponía ante el toro, levantaba la muleta, la plegaba con el brazo en alto, se contoneaba tres veces entre los cuernos y se daba la vuelta, alejándose lentamente. ¿Qué quieren que les diga? los toreros que se parecen a eso, me gustan, los demás son de trámite. Lo de matar recibiendo, es ya la apoteosis, literalmente la revelación de Dios. El toro muere, pasando su energía vital al sacerdote andrógino que lo ha sacrificado. Ninguna emoción estética –y he disfrutado varias en mi vida- se puede comparar a la que transmite el toreo auténtico.

Ya que se está considerando abolir las corridas de toros, debo recordar y recomendar la lectura de las obras de James Frazer “La Rama Dorada” y de Joseph Cambell “The Masks of God” donde se recoge todo el folklore mundial y las mitologías: pues bien, en ellas se lee que el rey era rey porque se autoinmolaba en beneficio de su pueblo. El caso extremo era un rey en la India que se iba cortando él mismo pedazos de su cuerpo y los arrojaba a la gente para que los comiera. Otros sólo se autoinmolaban para pasar su vitalidad al pueblo, como Jesucristo, Dionisios, Osiris, Krishna y demás arquetipos del redentor. Luego los reyes pensaron que para qué inmolarse ellos: vamos a matar a otro (el chivo expiatorio) y luego, en vez del chivo, vamos a matar al toro, que es la personificación de la energía vital. De modo que si queremos quitar las corridas de toros ¿por qué no abolimos la misa, que es el símbolo de otro cruento sacrificio?; después de todo, mitológicamente hablando, el toro es Jesucristo: un ser que muere para pasar su energía vital al pueblo y regenerarlo. Cuando hayan leído a Frazer y Campbell esto les parecerá pura lógica, lo más normal del mundo. ¿Para qué eliminar los ritos mitológicos que favorecen el equilibrio psicológico del subconsciente colectivo. No se puede vivir sin mitos, ritos y símbolos, so pena de caer en el yermo de las almas  “The Waste Land”, o sea, la modernidad agnóstica.

Eso no lo había racionalizado yo cuando descubrí, gracias a Ordóñez, el vuelco mitológico de la corrida de toros, la emoción del ¡olé!, la experiencia estética y más que estética, no comparable a ningún otro arte, que me ha comunicado la corrida de toros. Porque es más que arte: es arte y rito oficiado con símbolos que vienen del origen y fondo ancestral de nuestra civilización. Aunque parezca paradójico a los incultos, sin toros seríamos un poco menos civilizados. Lean a Campbell , lean a Frazer y luego lo votamos, pero si sale que no, quiten los toros y la misa.