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Viajar para vivir

Viajar es letal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de pensamiento, dijo Mark Twain. Uno piensa que va a realizar un viaje, pero en realidad es el viaje el que le realiza a uno, añadió muchos años después Nicolas Bouvier.

Migrar, desplazarse, moverse, ir de un lugar a otro… Viajar, en definitiva, ha sido una de las actividades consustanciales al ser humano desde su más insondable prehistoria. Todos los ancestros de nuestra especie, partiendo de nuestros más remotos parientes bípedos, han hecho del viaje y del desplazamiento una de sus principales señas de identidad. El Homo sapiens, desde mucho antes de tener conciencia de serlo, no ha dejado nunca de viajar para vivir.

Viajar, primero por una cuestión de mera supervivencia, cuando, siendo todavía unos recién estrenados homínidos africanos, comenzamos nuestra incesante andanza planetaria en busca de mejores y más favorables entornos donde vivir. Viajar, después, para ampliar horizontes, descubrir otros lugares, otras gentes, otras culturas…, o a uno mismo.

Si viajar es una de las primeras cosas que hemos hecho los primates inteligentes, contar nuestros viajes es, sin duda, la primera manifestación literaria a la que hemos dado lugar los humanos. ¿Qué otra cosa sino emocionante literatura oral, eran las narraciones de las expediciones, incursiones en terrenos desconocidos, jornadas de caza… que realizaban, alrededor de las hogueras del clan, nuestros más primitivos antecesores?

Cuando yo empecé a viajar, salir fuera de España, fuese al lugar que fuese, y aunque se tratase de un destino tan poco exótico como un país europeo, el viaje no dejaba de constituir una cierta aventura.

Rondaba el año 1969, en plena y contumaz autarquía franquista, cuando mi amigo Paco Esteba, de apenas diecisiete años –yo no había cumplido todavía los quince–, me propuso hacer un largo viaje en tren por el sur de Europa. En aquella España aislada y acomplejada, que un hijo adolescente se fuese “de gira” por el extranjero con otro chico que aún no era mayor de edad, resultaba algo difícil de asimilar para los progenitores de una familia humilde como era la mía. Por entonces, el exterior se percibía como algo desconocido e inquietante. De todas formas, yo estaba decidido a hacer aquel viaje, fuera como fuera… Conseguirlo me obligaría a emplear toda la determinación, inconsciencia y crueldad adolescente para superar la cerrada negativa de mis padres a permitírmelo.

"Viajar es mitad fuga y mitad búsqueda"

– Imaginaos que me prohibís hacer lo que más ilusión me hace en la vida, que es este viaje, y al salir luego a la calle me atropella un coche y me mata. ¿ Os imagináis cómo os sentiríais después?

La taimada y despiadada treta juvenil funcionó a la perfección y así pude tener mi primera experiencia viajera fuera de nuestras fronteras. Después vendrían muchas otras, y a sitios más y más seductores para mi, y más y más preocupantes para mi madre.

–“¡Pero hijo, pudiendo no ir!”

Esta era la paradójica y habitual frase con la que mi madre trataba siempre de persuadirme para que dejase de pensar en desiertos, montañas, islas, volcanes, hielos, selvas…

Namibia

RAFAEL POLA / “Quiero ver por mí mismo lo que otros se conforman simplemente con oír a los demás”, solía decir Burton

A la hora de reflexionar sobre los motivos que nos mueven a viajar, nada mejor que ver qué han dicho sobre ello algunos de los grandes viajeros y escritores de viajes. Para Paul Theroux, por ejemplo, “Viajar es mitad fuga y mitad búsqueda”. Al célebre viajero y escritor no le falta razón, porque viajar siempre tiene algo de huida de lo conocido, de abandono de lo previsible y rutinario, para ir en busca de otras tentadoras y desconocidas realidades. Robert Louis Stevenson afirmaba: “No viajo para ir a algún sitio, sino para ir”; coincidiendo su opinión con lo que defendía Jack Kerouac y muchos otros viajeros, para los que el viaje es más el camino que el propio destino. La verdad es que, en muchos sentidos, cuando alcanzas tu destino, el viaje comienza a terminar.

Sir Richard Burton, uno de los más reconocidos, audaces y cultos exploradores africanos del XIX, viajaba, según sus propias palabras, porque: “Quiero ver por mí mismo lo que otros se conforman simplemente con oír a los demás”

Fryda Stark escribió, por su parte, que: “Una de las razones de viajar quizás sea averiguar qué pensamos y qué sentimos realmente”

El viaje, en muchos sentidos y en alguna medida, siempre te forma y transforma. Ver y constatar por ti mismo cómo son, cómo piensan, cómo sienten gentes muy diferentes a ti, te convierte, inevitablemente, en alguien más lúcido, más tolerante y mejor. Como también decía Mark Twain: “Viajar es letal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de pensamiento”.

"Se buscan hombres para viaje peligroso"

La inevitable atracción que ejerce la idea del viaje sobre la persona, tiene mucho que ver también con la atávica inclinación de ciertos individuos hacia el reto, el desafío, incluso hacia el peligro… Una elocuente muestra de ello es el elevado número de candidatos que respondieron al celebre anuncio publicado en la prensa británica, por Ernest Shackleton, solicitando exploradores para su expedición a la Antártida: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo, frio intenso, peligro constante, retorno dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”

Cada viajero, compartirá, muy probablemente, alguna de las razones aducidas por los demás, pero, a buen seguro, tendrá sus propios motivos personales o, sencillamente, no sabrá por qué experimenta el irrefrenable impulso de viajar. Este es, por ejemplo, el caso de Apsley Cherry Garrard, acompañante de Scott en su frustrado intento de conquistar el Polo Sur, y autor de un único libro, El peor viaje del Mundo, para muchos también el mejor dentro del género, y donde, refiriéndose a la actividad viajera, decía: “He intentado expresar el cuándo, el cómo y el dónde… pero no sé el porqué”

En lo que a mi respecta, el viaje es, sobre todo, una experiencia individual e intransferible. Un mismo viaje realizado por dos personas distintas, dará siempre lugar a dos vivencias muy diferentes. Las mejores experiencias de viajes, por otro lado, se suelen tener más intensamente en solitario, y quizás también en silencio.

RAFAEL POLA / No viajo para ir a ningún sitio sino para ir, dijo el gran escritor y viajero Robert Louis Stevenson

Un paisaje excepcional, una situación única, un lugar fuera de lo común, una experiencia singular… se sienten, interiorizan y aprecian mejor, si no se está condicionado o se sufre la perturbación de los otros. Únicamente cuando uno está sólo es capaz de agudizar al máximo la sensibilidad y los sentidos y de conseguir sacar todo el partido posible al instante vivido; lo cual no quiere decir que uno deba viajar siempre solo, sino que debe esforzarse en encontrar momentos en los que poder saborear en solitario, e íntimamente, la esencia de los lugares visitados.

La mayor parte de los viajes terminan haciéndose al interior de uno mismo. Como decía Nicolas Bouvier: “Uno piensa que va a realizar un viaje, pero en realidad es el viaje el que le hace a uno”

El viaje, para mi, se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una auténtica necesidad vital. La sola idea de tener un viaje en ciernes, me hace mucho más llevadera la tantas veces engorrosa, y casi siempre repetitiva y previsible, cotidianidad.

"Viajar requiere un aumento constante de la dosis"

Siento que lo inesperado es uno de los ingredientes más sugerentes e inspiradores de viajar. No saber a ciencia cierta qué va a pasar, le estimula y le hace sentirse a uno más despierto y más vivo. En mi caso particular, el viaje, especialmente si es a grandes espacios naturales con algo de remoto o singular, me hace entrar en otra dimensión temporal, emocional y sensitiva. Viajando, el tiempo se dilata y todo se siente y se percibe más intensamente. Viajando se vive más porque suceden más cosas, más diferentes y más rápidamente.

Cuanto más se viaja, más se necesita viajar. El único problema de ser viajerodependiente es que cuanto más se ha visto, más difícil resulta que algo te impresione o asombre, o te produzca esa descarga adrenalínica que uno siempre persigue alcanzar viajando. Ya lo decía John Doss Passos: “Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de la dosis”

Ir y venir, vivir nuevas y continuas experiencias, buscar incesantemente no sabemos qué…; en definitiva, atesorar el mayor número posible de esos momentos imborrables que hacen de la existencia algo más pleno y satisfactorio; es lo que define, a mi juicio, el verdadero espíritu viajero.

En el fondo, la vida, en la memoria, no es más que la acumulación de una serie de instantes especiales vividos. Alguien dijo una vez que la vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por el número de veces que nos quedamos sin respiración. Y muchas de esas gloriosas apneas, o sobredosis de vida que nos dejan sin aliento, se experimentan viajando.

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