Stefan Zweig, el mejor espíritu de Europa, 80 años después de su suicidio

Este 22 de febrero se cumplen 80 años del suicidio del escritor austriaco Stefan Sweig, autor de 'El Mundo de ayer', y su segunda esposa Lotte.

Stefan Zweig, el mejor espíritu de Europa, 80 años después de su suicidio

Editorial AcantiladoEl escritor austriaco Stefan Zweig.

Cuando la II Guerra Mundial estaba en sus comienzos le preguntaron a Winston Churchill si esta iba a ser larga. Sí, fue su respuesta, los que van a perderla todavía van ganando. El gran escritor Stefan Zweig, una auténtica celebridad en los años de entreguerras, no fue tan optimista o tan lúcido. Exiliado en Brasil, puso fin a su vida el 22 de febrero de 1942, cuando la guerra aun no había dado el giro que anunciaba Churchill; no se había producido ni el desembarco aliado en África ni la batalla de Stalingrado que anunciarían ese giro definitivo.

Stefan Zweig, que ya había visto cómo su mundo, su espléndido mundo de ayer, se derrumbaba, estaba dominado por el pesimismo. Algunas entradas de sus diarios (hay reciente edición española en Acantilado) son elocuentes: "Estaría bien tener un frasquito de morfina siempre a mano, quizá lo necesitemos", escribe el 26 de mayo de 1940. Y el 13 del mes siguiente: "París está sentenciada: en pocos días asistiremos a uno de los reveses más atroces de la historia. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir pensando. Esta guerra se está librando en nombre de un principio sobre el que se basa nuestra existencia, pero si este principio se desmorona también lo hará el mundo que conocemos. De modo que ya no sé para qué ni dónde viviré… Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas como ahora".

El 16 de ese mismo mes: "La vida ha quedado destruida por décadas y yo ya no tengo décadas por delante, ni las quiero tener… Ya no hay salvación, Europa está acabada, nuestro mundo se desmorona".

Su suicidio, menos de dos años después de esas anotaciones de sus diarios, le parece a su biógrafo Jean-Jacques Lafaye (Nostalgias europeas) "simbólico, como si se hubiera lanzado él solo al holocausto”.

Con motivo de la publicación de esa biografía, Lafaye subrayaba la actualidad de Zweig; "Entre otras cosas, por los problemas intelectuales con los que se enfrentó, se planteó muchas cuestiones que hoy siguen vigentes; otro motivo para volver a él es que, en este momento de inquietud europea, interesa encontrar a nuestros maestros".

Lo decía hace más de veinticinco años, en plena guerra de Yugoslavia, pero la inquietud europea no ha disminuido desde entonces. Y Europa ocupa un lugar central en la obra y el pensamiento de Zweig. Ya al comienzo de El mundo de ayer, significativamente subtitulado Memorias de un europeo, se refiere a "nuestra tierra europea" y a Europa como su patria propiamente dicha, la elegida por su corazón.

Hay motivos de sobra, pues, para volver a Stefan Zweig, además del valor intrínseco de su extensa obra.

Lo cierto es que Zweig fue una verdadera celebridad durante su vida y en las décadas siguientes a su desaparición. Y aunque a partir del último cuarto del siglo XX su predicamento entre los jóvenes decayó, siempre ha contado con lectores fieles y editores que lo reivindican. Entre los segundos, en España merece citarse la labor de Acantilado, que ha publicado la mayor parte de su obra narrativa y ensayística, en la que destacan los citados Diarios y El mundo de ayer.

Aunque ese mundo de ayer pueda recordar el antes de la revolución de la que hablaba Talleyrand más de un siglo antes, las dulzuras de la vida que añoraba cada uno eran muy distintas. Si el francés pensaba, como sospecha Simon Schama, en los despreocupados juegos de la aristocracia, Zweig tenía en mente un mundo de cultura, seguridad, moderación y tolerancia. "Todo lo radical y violento", escribe Zweig, "parecía imposible en aquella era de la razón" anterior a la Primera Guerra Mundial.

Viena: la dulzura de la vida

Culto, moderado, elegante, mundano, tolerante y generoso, Zweig era un genuino producto de aquella Viena de las primeras décadas del siglo XX. Una Viena hermosamente descrita en las primeras páginas de El mundo de ayer, en la que la política, la administración y la moral iban "como una seda y la gente se mostraba indiferente y bonachona ante un desliz e indulgente ante una falta", pero "no había perdón para las cosas del arte: estaba en juego el honor de la ciudad".

Una ciudad en la que podías cruzarte con Gustav Mahler por la calle o, siendo un niño, como le ocurrió al propio Stefan, ser presentado a Johannes Brahms y ser saludado por este con un golpecito amistoso en el hombro.

En la dulzura de la vida vienesa confluían los mejores placeres. "Incluso el burgués más insignificante, sentado ante una copa de vino joven, exigía tan buena música de la orquesta del local, como buen vino del tabernero… Un vienés sin sentido musical ni gusto por las formas era inimaginable en la llamada buena sociedad, pero incluso en las clases inferiores el más pobre extraía del paisaje mismo, de la esfera humana y jovial, un cierto instinto para la belleza… uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura, sin ese sentido que le permitía analizar a la vez que gozar de esa superfluidad sacratísima de la vida".

En aquella Viena espléndida los adolescentes estaban a la última sobre novedades literarias que sus mayores apenas conocían, y entronizaban a gente como Hugo von Hofmannsthal o Rilke. Los judíos como él mismo mostraban su voluntad de asimilación, "eran felices sirviendo a la fama de Austria” y a ellos se debe muy mayoritariamente lo que el mundo reconoce como la cultura austriaca de entreguerras. "En ningún otro lugar era más fácil ser europeo".

Incluso la política estaba libre de estridencias, y la irrupción de partidos presuntamente revolucionarios no produjo ningún terremoto. Los socialistas se distinguían por llevar un clavel rojo en la solapa; sus rivales socialcristianos eligieron un clavel blanco. “¿Verdad que es enternecedor", rememoraba Stefan Zweig al final de su vida, "que aún se eligiesen flores como distintivos de los partidos, en lugar de botas altas, puñales y calaveras?".

Y los cafés, claro; "la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades", teniendo a su disposición todos los periódicos del imperio, esa institución tan especial, "incomparable con ninguna otra a lo largo y ancho del mundo".

En ese contexto, no sorprende que, llegada la hora de elegir carrera universitaria, el joven Zweig, entregado ya a la literatura, no mostrase excesivo entusiasmo por una universidad masificada que impedía el fecundo contacto personal entre profesores y alumnos.

Pensaba, además, que los buenos libros sustituyen a la mejor universidad, y que los libreros de viejo suelen conocer mejor los libros que los mismísimos catedráticos. Optó por filosofía porque algo había que estudiar y porque le pareció la especialidad que le dejaría más tiempo y libertad para su auténtica pasión: "Vivir a mi antojo y consagrarme al arte: universitas vitae".

"Si repaso mi vida", escribe en el imprescindible El mundo de ayer, "recuerdo pocos momentos tan felices como los primeros de mi época universitaria sin universidad. Era joven… la jornada tenía veinticuatro horas y todas eran mías. Podía leer y hacer lo que quisiera, sin tener que rendir cuentas a nadie; la nube del examen académico aún no enturbiaba el claro horizonte".

La peste del nacionalismo

Aquel paraíso saltó pronto por los aires. Sus padres y el propio Zweig de joven habían vivido en él como en una casa de piedra; pero se reveló un castillo de naipes cuando irrumpió "la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea".

Para cuando lo hizo por primera vez, en 1914, Sefan Zweig ya había publicado sus primeros títulos: sus libros de poemas, siempre flor de juventud, la mayor parte de su teatro y cuentos y novelas. Pero lo más representativo de su obra es del periodo de entreguerras. Novelas como Carta de una desconocida, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, El candelabro enterrado o Novela de ajedrez. Y sobre todo, sus ensayos y biografías, la parte de su obra que le granjeó mayor fama.

Títulos como Fouché, el genio tenebroso, María Antonieta, María Estuardo, Erasmo de Rotterdam, Paul Verlaine, Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski, Momentos estelares de la humanidad o La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche. Libros que buscaban desvelar los secretos de grandes individuos y aunaban la penetración psicológica con la sencillez del estilo, sencillez que, como se ha dicho, era una prolongación de sus modales corteses. Y que le granjearon una fama hoy difícil de imaginar.

Millones de ejemplares de sus libros circularon por toda Europa y América durante los años 20 y primera mitad de los 30. Su popularidad desbordó límites y fronteras. Por ejemplo, el gobierno comunista de Rusia le invitó como representante de Austria a la celebración del centenario de Tolstoi.

Con todo, para él, el gran éxito era que se hubiera creado una comunidad de lectores, un grupo de gente que esperaba cada nuevo título suyo, que ponían en él una confianza que él no podía defraudar, y estaba más orgulloso de su papel como mediador entre intelectuales que de su propia obra.

El escritor austriaco Stefan Zweig.

En opinión de Jean-Jacques Lafaye, Zweig fue un discípulo toda la vida, no quiso ser un maestro, aunque lo fuera como autor. Las biografías y ensayos le hicieron abandonar un poco la parte más creativa de su obra. Algo de eso se transparenta en El mundo de ayer, donde rehuye ponerse en primer término y se considera como un mero conferenciante que pone diapositivas de unas imágenes que proporciona la época vivida.

"Somos solo fantasmas… o recuerdos"

Cuando la peste del nacionalismo dio la segunda embestida en Europa, Zweig piensa que eso pone punto final a la época en que él se formó. En 1934, al año de llegar Hitler al poder, inició una etapa de exilios (Inglaterra, Francia, Brasil, Estados Unidos) que sería definitiva.

El Zweig autodefinido como austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista, el hombre para el que la amistad era una especie de religión, como dijera de él Romain Rolland, se convierte en "experto en visados", y su bureauphobia, su terror a la burocracia, se acentúa.

Se preocupa y se siente agobiado a la vez por la multitud de refugiados que le piden favores. La desesperanza es absoluta. Piensa que la guerra está perdida y que nunca se producirá la vuelta a la normalidad. "Somos solo fantasmas… o recuerdos", le dice a Klaus Mann, un día de junio de 1941 al encontrárselo en la Quinta Avenida de Nueva York. Aún así, le quedan chispazos de alguna pequeña felicidad.

El mismo junio del 41 da una fiesta a la que acuden numerosos amigos; en esos días coinciden en Nueva York su primera mujer, Friderike, con la que estuvo dieciocho años casado, y su joven secretaria Lotte, veintisiete años más joven que él, con la que se había casado en 1939. En la película Stefan Zweig: adiós a Europa, que sigue muy fielmente esa última etapa, ambas aparecen saludándose la una a la otra como "señora Zweig".

Stefan Zweig y Lotte se suicidaron el 22 de febrero de 1942 en Persépolis, ciudad cercana a Río de Janeiro; y con ese último acto de su vida tiene que ver una cuestión controvertida e irresuelta: ¿Arrastró el escritor al suicidio a aquella mujer de treinta y tres años?

A Jean-Jacques Lafaye le parece un asunto moral muy complicado, en el que prefiere no entrar, y que quedará en el misterio. A un biógrafo más reciente, George Prochnik (El exilio imposible. Stefan Zweig en el fin del mundo, Ariel), que reconstruye detalles del suicidio que ponen un nudo en la garganta del lector, le parece "realmente angustioso" que Zweig influyera en Lotte para que le siguiera. Aunque el hecho de que él se adelantara en unos minutos puede verse como la oportunidad que le daba a Lotte para reconsiderar la decisión. El espinoso asunto de lo que ocurrió en aquellos últimos minutos será un misterio para siempre.

¿Volver a Stefan Zweig? "Su lectura es agradable y enriquecedora, va a lo profundo del ser humano, era un psicólogo de la literatura. Sus libros, tan apasionados, son muy indicados para la juventud, para esa edad en que se quiere abrazar el mundo", dijo su biógrafo Lafaye.

Además de que su paneuropeísmo humanista, bajo las sombras tutelares de Erasmo y Montaigne, sigue siendo una meta pendiente y los logros de la civilización nunca están definitivamente garantizados. "Celador de la memoria de nuestros maestros, pensador libre, guía excepcional de la cultura, degustador de la vida y cautivador ensayista" (Mauricio Wiesenthal), "nadie fue más mundano que Zweig" ni consiguió como él "que el espíritu de los tiempos fluyese de sus palabras" (G. Prochnik).

En cuanto a lo que supuso su desaparición hace ochenta años, quizá nadie más certero que André Maurois cuando habló de "la vergüenza de una civilización que puede crear un mundo en el cual Stefan Zweig no pueda vivir".


Las imágenes han sido cedidas por la Editorial Acantilado.