Pequeño tratado de consuelo

Delphine Horvilleur, 'Vivir con nuestros muertos', Libros del Asteroide

Delphine Horvilleur

Delphine Horvilleur

Delphine HorvilleurRabina laica, escritora y filósofa, esa es la tarjeta de presentación de esta mujer, que tiene como profesión, entre otras, despedir a los muertos y consolar a los que se quedan. “El judaísmo siempre es más amplio que mi judaísmo”, dice. Una mujer que lleva la vida y la muerte de la mano y que entra y sale de la “casa de los vivientes”, como así se nombran los cementerios judíos, como si fuese un hada de la palabra y del abrazo. Pues este tratado de consuelo se alimenta del verbo y se hace carne. “Sólo cuando la vida y la muerte se dan la mano puede continuar la historia”. Sólo cuando nombramos, hacemos rito de la belleza y de lo singular, puede seguir la vida. Aquí juega la memoria y el verso. Ahí lo inmediato no sirve.

Se trata de encontrar el relato del fallecido o de la fallecida y ponerles voz en el camino de sus vidas y así los que se quedan y los lloran puedan salir a su encuentro. Se trata de hacer historias que no sean tragedias y que den sentido a la vida de ellos y a la de los que se quedan. Ser como “una serie romántica, una leyenda mitológica o una comedia popular”. Y ahí aparecen Elsa, Sarah, Myriam o Marceline y aprendemos a decirles adiós y nos recolocamos ante el rito de la despedida. Ritos que ayudan a cicatrizar, que dan la bienvenida y nos despiden. Es el momento de nombrar la vida.

Se trata de “transformar la muerte en una lección de vida” para los que se quedan, según explica Horvilleu, “acompañar a mujeres y a hombres que en un momento crucial de sus vidas necesitan narraciones”. Perder el miedo y  sonreír ante la vida que fue de otros, que aparece clara, seguida como protagonista en el relato y que fundamentalmente, persigue el consuelo.

Es este el libro más luminoso sobre la muerte que creo ha caído en mis manos. Un tratado que se va trenzando con tres hilos conductores: la vida que se interrumpe, la revisión de algunos textos sagrados y de las tradiciones funerarias judías y la reconstrucción de pasajes de la propia vida de la autora. “El papel del narrador es quedarse en la puerta para asegurarse de que permanece abierta”. Lo personal se funde con la tradición sencillamente, con maestría, una combinación de algo que se acerca a la sabiduría. Donde la muerte pasa a ocupar un lugar cotidiano que se ofrece como una linterna de recuperación y consuelo para los que aún estamos aquí. Se trata de vivir con nuestros amados viajeros que viajan con destino incierto y que la resonancia nos enseñe que ellos y ellas son también nuestras vidas. Vidas que son la explicación de las suyas y de las nuestras por eso necesitamos el relato, la palabra. Sin él no hay consuelo.

Y es precisamente, una rabina, una de las pocas, alguien que acompaña, oficia y enseña, la que hila este tapiz. La que abre el “pasadizo entre los vivos y los muertos” y hace que lo sagrado se funda con lo cotidiano que fue, para hacerlo memoria.  Una mujer a la que no le da miedo pisar un cementerio. Y que nos presenta a Azrael, el ángel de la muerte en la tradición judía, con cierto sentido del humor, y hasta nos da claves para poder engañarlo si un día, inesperadamente, se nos presenta en la puerta de casa. El humor es un dios que desdramatiza.

Vivir con nuestros muertosLa pandemia es también un momento de la actuación de este libro pues todo cambió en el 2020 cuando el ángel llegó y llamó a muchos y a muchas. Se habían esfumado los ritos y los verbos y las despedidas se hicieron mudas. Todo se dejó para más tarde. “Demasiado tarde”. El ángel exterminador nos recordó que estaba ahí, que nunca se había ido. “Nuestro poder se reducía a escoger las palabras y los gestos que pronunciaríamos cuando ella se manifestara”. Y esos gestos y esas palabras son la reflexión de este libro sobre la vida. Se trataba de aprender a bailar juntas; la vida y la muerte.

El libro invita a pasar por una puerta que nos lleva a pensar que estamos marcados por los lugares mágicos donde nacemos y transitamos, esa historia que no quiere estar señalada por el lugar donde terminamos, a veces anecdótico, pero sí por el lugar donde nuestra narración, nuestra vida comienza. No debemos ser reducidos a nuestras muertes por eso es tan importante construir el relato de los que se han ido y escuchar las “cartas de los retornados”. Como esas piedras que los judíos ponen sobre las tumbas de sus muertos que simbolizan la fuerza del recuerdo y que a diferencia de las flores no se marchitan.

Delphine Horvilleur escribe biografías de fallecidos escuchando el relato de sus allegados, que no siempre es la familia de sangre, pues las familias son inmensas y de mil colores. Nos cuenta cómo nos convertimos en supervivientes cuando nos encontramos por primera vez con la muerte, un encuentro que puede pasar en la niñez. “La humanidad que descubre su mortalidad se oculta … a veces bajo las mantas.” Y ya sabes que tarde o temprano vendrá a buscarte.

Así aparecen gentes como Elsa, que murió en el atentado que sufrió la revista Charlie Hebdo. Elsa era una psiquiatra que colaboraba en la revista y mientras la enterraban su hija le preguntó a la rabina: “¿Ya está? ¿Mamá nunca volverá?” Y ahí estaba todo el dolor resumido, ahí estaba la piel, lejos de las masas en la calle. Había que construir un relato para ella. También, la historia de Marc amigo de Elsa. O la historia de otro niño cuyo hermano ha muerto, Issac, y no sabe dónde buscarle. Una historia de dos interrumpida. “Necesito saber dónde ha ido Issac. Papá y mamá no me lo saben decir”. Nadie sabe hablar de la muerte: “Escapa a las palabras porque rubrica precisamente el fin de la palabra”. Y ella le contó una historia, la del Issac de la Biblia, que sobrevivió pero fue separado de su hermano. Y le enseñó donde mirar para saber de su hermano. Aprender que él siempre sería el hermano mayor de Issac. El mejor hermano, que no pararía de buscarle.

La historia de Ariane que ella subtitula “podría ser yo”. El miedo que sientes por la enfermedad de la otra, la amiga, a la que un tumor se lo arrebata todo y esa también podrías ser tú. “No sólo el irte antes que los tuyos, la de no ver crecer a tus hijos, sino también la de perder tus facultades, el miedo a cambiar, el miedo a dejar de ser la persona que fuiste”. Construir un relato que nos hiciese “ser tanto la una como la otra”. Un relato que nos haga ser memoria para los hijos.

Todas las historias que se cuentan en este libro son un faro de luz donde se cruzan a veces una sonrisa y siempre una duda. Aparece Moisés, el hombre que no quería morir y cómo a veces, nos dice la autora, es posible aprender a morir. ¿Es posible? “Sí, con la condición de que no rechacemos el miedo, de que estemos dispuestos, como Moisés, a darnos la vuelta para ver el porvenir”.

Necesitamos construir el relato para explicarnos, también para despedirnos. No se puede vivir sin rituales aunque esta sociedad crea que sí. Escribir la vida de los otros y hacer de sus vidas un rito, un leyenda que  debería ser singular. Necesita el rito de la memoria y tiene “que producir eco”. Debe el ritual como la poesía no pertenecer a la categoría de lo idéntico. Son necesarias: la intimidad, la compasión, la visibilidad del otro. Escuchar es una forma de escapar del ruido.

El hijo de Sarah, una mujer que vivió el horror europeo del siglo pasado, que sobrevivió a Auschwitz donde perdió a su hija, le cuenta la historia de su madre a la rabina, que oficiará el sepelio para que convierta sus palabras en un relato.  Al día siguiente, Dephine le cuenta la historia a su hijo, único que asiste al sepelio. Narra con sus palabras la historia que él le contó con las suyas sobre su madre el día anterior. Y este rito de las palabras hace que el hijo escuche ese relato con otra voz. Está descubriendo a su madre. Ahí se abre la puerta, es el momento donde quizá él aprenda a vivir con su madre. Comprender a la madre y cerrar si las hubiese cicatrices. Construir una leyenda en el viento, que te acaricie.

Historias de personas cotidianas que se convierten en cartas de retornados y donde el pensamiento, las dudas, la historia sagrada y la propia experiencia de Delphine van aunando relatos de sabiduría. “Vaho de vahos, todo es vaho”. Pues lo frágil, efímero y falible- nos recuerda Delphine Horvilleur- deja en el mundo huellas indelebles. Ese aíre que, aún nosotras y nosotros, los que vendrán tendrán que respirar.

“Por la vida”.

Teresa Agustín es poeta

Sobre el autor de esta publicación